jueves, 21 de enero de 2010

Una penosa caricatura

Me comentan -no tengo hábitos de lectura perniciosos - que el viejo Santamaria ha vuelto a la carga en su página con una cuchufleta más dedicada, naturalmente, a quienes tienen una visión de la cocina abierta, amplia, prospectiva y fantasiosa. Efectivamente, ahí está. Loco de olvido, cada vez con formatos y tonos más caricaturescos y underground, se ha descolgado con un "decálogo" de grosera ironía que no es más que la expresión desolada de quien va viendo desparecer el suelo bajo sus pies.
Resulta fascinante ver lo que la envidia, la maldad y la desesperación son capaces de hacer en una mente adulta...

sábado, 16 de enero de 2010

Un jamón de Carrasco

Hoy he recibido un jamón ibérico de bellota de Carrasco. Lo he abierto morosamente. Y los colores han estallado en un vértigo de sensualidad infinita...

miércoles, 13 de enero de 2010

Los "sabedores" (no es un cuento)

Los “sabedores” son despreciables. Son esos ingratos que nos joden recurrentemente desde su impostada superioridad, fruto siempre de una personalidad borderline, una posición frívolamente ventajosa, una audacia indecente y, desde luego, una ignorancia pavorosamente activa.
Los “sabedores” ni tan siquiera saben que lo son. Su cerebro es un magma plástico que salpica terror aquí y allá. Chillan desde el desconocimiento, agreden desde la estupidez y pontifican con los argumentos del caos.
Hay sabedores en todos lados. En las tertulias políticas de televisión. En el gobierno. Entre los periodistas o críticos gastronómicos. Tenemos siempre uno aquí, a nuestro lado.
Los “sabedores” son, naturalmente, ortodoxos; pero con un corpus filosófico extraviado en la oscuridad. Es así como nos retrasan, nos laceran, nos detienen. Armados de barbarie, progresan con una extraña superioridad mientras van repartiendo negrura y rechinar de dientes.
Los podemos distinguir fácilmente, a los “sabedores”, por sus frases lapidarias al viento.
A los “sabedores” no les basta con esparcir sus tinieblas; son instintivamente censores de todo lo que no comprenden. Son los que nos dicen lo que es bueno o malo, los que deciden qué podemos hacer y que no, siempre con ese falso lustre de equilibrio que les confiere su status o su implacable “creencia universal”.
Chulescos y engreídos, esos petimetres cuelan la desolación por las rendijas de nuestra tolerancia. Su ignominia ciega es nuestra decadencia, porque embrutecen de turbulencia y desesperación aquellos horizontes que antes fueron soleados.
Son inmunes a los argumentos, porque la inteligencia es sólo un ruido para sus oídos. Son capaces de magnificar el anacronismo creyéndolo novedad. O denostar el brillo con sus ojos vulgarmente mates. Su cultura es efímera. Sus opiniones han sido gestadas online.
Los “sabedores” también son muy veloces. La falta de autocrítica –concepto ajeno a su por otro lado inexistente mundo sináptico-, la violencia ante el contraste y la educada timidez de quienes los rodean los hacen correr sin obstáculos al estrellato intelectual. El tiempo está siempre de su parte.
Los “sabedores” son los que antes llamábamos ignorantes.
Su entropía imparable nos destruye.
Estamos rodeados. No sé si yo mismo…
No; no hay esperanza.

lunes, 11 de enero de 2010

El Bulli: la historia jamás contada

Nota previa: artículo publicado en Apicius bajo la égida de Javi Antoja, los dioses lo guarden muchos años.

Ferran paseando por los bosques del Cap de Creus, oliendo cipreses y pinos y, por la noche, transformándolos en sorbete. Ferran poniendo un jamón ibérico entero en la olla para hacer un caldo esencial. Ferran pescando, de madrugada, secretamente, pulpitos en Cala Montjoi…
Leyendas urbanas, seguramente. ¿O no? ¡Quién sabe! Porque la mitología de Adrià ya se pierde en la noche de lo inescrutable, y, en verdad, da igual lo cierto y lo falso, lo único que importa es el cambio de sistema que ha protagonizado, la “catástrofe” (en sentido matemático) que ha provocado en el mundo de la gastronomía y además en el del arte, la cultura y la sensorialidad. Joder, sí, incluso nos ha regalado un nuevo sentido, suma no homotética de todos y que antes no habíamos advertido ni disfrutado. Por decirlo literariamente, nos ha descubierto un nuevo color (¡qué sueño!), nos ha enseñado a leer una imposible partitura sinestésica. Nos ha dicho cómo comer con el cerebro. Nos ha dado el algoritmo perdido para la felicidad.
Ferran leyendo en noches eternas El práctico y recitando, por la mañana, todas las recetas. Ferran en Sevilla fatigando la noche tapera en busca del mejor corte de jamón…
¡Y ahora dicen que hace cocina molecular! De hecho, la percepción desde fuera de la cocina contemporánea española --que en realidad parte de él, y que, digámoslo sin tapujos, la ha creado él a partir, naturalmente, de la nouvelle cuisine y de la nueva cocina vasca y catalana-- es en el extranjero esta perífrasis absurda que nada significa. Amigos, la nueva gastronomía española sólo puede tener un nombre: Ferran Adrià. OK, OK, nada viene de la nada, pero la mutación sistémica sólo se puede atribuir a Ferran. Por esto mi apuesta, en la búsqueda de un nombre que explique la revolución planetaria surgida de El Bulli, sólo puede ser “Adrià”.
Movimiento Adrià, pongamos. Aunque él, Ferran, en una especie de ejercicio de humildad sobrepasado ya por su ingente y algorítmica creatividad, siga disimulando con manifiestos de 23 puntos que deben ser discutidos y bla, bla, bla. Insiste: este año, en el Congreso LMG ha propiciado una mesa redonda que quiere discernir si lo de ahora es una evolución de la nouvelle cuisine o una revolución. ¡Come on, Ferran! Quitémonos la ropa y gritemos la gran, la definitiva verdad, el largo futuro: Ferran Adrià. Este es el nombre. Un nombre que ya puede enorgullecerse de haber trascendido generaciones: la de Juan Mari, la de Martín y Santi, la de Andoni y Quique…
¿Dónde empezó todo? Yo digo que en la “menestra de texturas”. Año 1994. Plato fundacional que, en aquellos tiempos de cursos primaverales en El Bulli, era a la vez provocación y a la vez ejercicio. Ferran daba un premio a quien adivinara los ingredientes. He de decir que yo gané en mi curso. El galardón, un plato nuevo a probar. La menestra…Estamos ante el auténtico icono de algo que ya no tenía nada que ver con nada.
¿Voy muy rápido? Pues un rato de chill out. Ferran, hasta 1987, se dedicaba a copiar, aunque, y también hay que decirlo, copiaba de muerte. Poca coña. Pero es en este año cuando, en Niza, en Le Chantecler, Jacques Maximin le ilumina: “crear es no copiar”, le dice. He aquí el punto de inflexión de nuestro héroe. Pero, ¿cómo llevarlo a la práctica? Fácil: si es francés no lo hacemos; mediterranicemos y catalanicemos nuestra cocina. Aún hoy, Ferran se arrebata cuando suena el nombre de Maximin, y no disimula su admiración, como tampoco disimula que la famosa tortilla de patatas deconstruida fue obra de Marc Singla (mientras estaba en el equipo de El Bulli). Ahí tenemos uno de los rasgos definitorios del genio. Pero hay muchos más. Todos.
Estamos a finales de los 80. Je, je. Radicalización. Ya no hay nada atrás, excepto una sabiduría culinaria aprehendida al viejo estilo. Ahora el espacio se extiende, virgen, a quien quiera conquistarlo, sin rémoras, sin ideas preconcebidas, sin equipaje. Es el inicio de la algarada que luego devendrá revolución. El mar, el mar que llena Cala Montjoi de luz, de azul, de aromas, es la primera víctima del vendaval “Adrià”. Cocciones mínimas, tratamiento exquisito de los moluscos (se matan en 2 segundos con agua hirviendo, conservando increíblemente toda su textura, todos sus líquidos, todo su sabor), se empieza a utilizar el jugo de la cabezas de las gambas o cigalas…
Y empieza a escribirse una novela inédita. El pasado son las recetas; el presente es el concepto, las líneas de actuación, la provocación. Comienza, colegas, la Edad Contemporánea de la cocina, en donde pasamos del placer del gusto, al que no se renuncia, al placer del cerebro, de la razón. Ferran ha llegado para quedarse.
Estamos en un punto crítico. Ferran ha escuchado a Maximin y ha decidido lanzarse al Mediterráneo, a Catalunya y a España. Y el tío va heavy: deja de leer libros por la cara, para no contaminarse. Y vuelve su mirada opulenta hacia nuestros productos. Aceite de oliva, por ejemplo. Conviene recordar, a estas alturas, que en aquellos momentos las verduras, por ejemplo, se salteaban con mantequilla. ¿Te suena? Él ya empieza a alucinar. Aceites aromáticos, mar y montaña, tapas, guisos al momento (fuerte, fuerte), utilización de productos autóctonos (esperdenyes, pulpitos, calçots…), descaro con los gazpachos, ajoblancos (1989)… Me olvidaba de las adaptaciones, y ahí vamos fuertes. En 1989 se crea el gazpacho de bogavante, cuya influencia está más allá de comentarios.
En tres o cuatro años Ferran se convierte en el “jefe” de la intensificación de las técnicas culinarias con aceite de oliva. Fácil decirlo ahora, ¿eh?
Pongamos un ejemplo rotundo: la parrillada de verduras con trufa negra y jamón (1990), con todos los vegetales salteados. Y desde hace tres años hace fumets de agua de mar, usa los jugos de las setas, o los del asado. Pionero.
Conviene ahora parar y hacer una pequeña reflexión. No, una gran reflexión. Ésta es la primera y la más grande revolución de Ferran. De ahí nace todo. ¿Espumas? No, no; el primer gran cambio es el que acabamos de citar. ¡Y parece que nadie se acuerda! Hablamos de una influencia real, verdadera, amplia. El origen de todo lo que ahora parece trivial. Ferran, una vez más.
Nadie se daba cuenta, excepto unos cuantos fervorosos que, al año siguiente, en 1991, abrazamos sin preguntas la nueva religión culinaria surgida de El Bulli que hablaba de sentimientos, de emociones. En esta época, y lo juro, la gente, yo mismo, lloraba con algunos platos. Sí, lágrimas. Creedme. Es entonces cuando, además de asombrar a la novia con una noche de intensidad inagotable y final feliz, El Bulli nos lanza a nuevos mundos que están en éste. Las licuadoras. Extrapolación extraordinaria de la cocina doméstica. Y también radicalización y conceptualización.
¿Sigo yendo rápido? Pues tómate algo relajante porque vamos hacia el hiperespacio. En 1991, un año después, Ferran ya se lanza con los contrastes de temperatura. ¿Recordáis el Irish Cofee, ya antes, en 1990? ¿Y, en 1992, la cocina de moldes, con las copas, las cucharas? Siempre, siempre muy fácil ahora. Pero no entonces…
Llega el mito. Las espumas. “Xavi”, me dijo en 1994, “con esto me voy a hacer millonario”. Bien, no ha sido exactamente así. Pero lo cierto es que las espumas nacen con Ferran tomándose unos jugos en un local barcelonés de efímero éxito que se llamó Jugolandia. Los jugos llevaban espuma por arriba y de ahí… Ferran siempre ha dicho que él no inventa, sino que aplica lo que él ve, curiosamente lo que no ve nadie. Surge la idea. Espuma sin nata. ¿Y si utilizamos un sifón de montar? OK. Pura leyenda. La primera, de judía blanca.
No obstante, Ferran ya es culto antes. 1992. ¿Recordáis? Lo pongo tirado: tuétano con caviar. Sí, sí, un plato paradigmático. Una combinación imposible que le salió de golpe, por la “face”. Mira, te lo cuento: ¿qué es lo más raro que podemos combinar? En este año, aclaro, Ferran iba a saco, buscando rarezas, imposibilidades. Y así fue. Platos flipantes. Ahí no había idea técnica previa, no había concepto. Esta receta, que es Dios, fue sólo la inspiración del demiurgo Adrià. El primer concepto “serio” fue el merengue sin clara, pero este es otro viaje…
¿Te queda algo? Es que ya vamos espídicos. Oye, mira, gelatinas frías. Gran frase, porque si no existieran las gelatinas calientes, creadas por Ferran, no diríamos “frías”, ¿vale? Pues los nuevos usos de las gelatinas frías nacieron en lo que podríamos llamar taller seminal de El Bulli, en el estudio del escultor Medina Campeny. No da gusto, y si se aligera es una sopa. Metal, tío.
Casualidad, nada. En 1990 Ferran, porque los ve en Gault Millau, viaja a Bras y Gaignaire y advierte la “no tradición”, se da cuanta de que son los últimos revolucionarios. Esto lo marca subconscientemente. Y él tira. Descontextualiza. El uso de las licuadoras que hablábamos antes. Una deuda, sí.
Porque en 1992 Ferran ve un camino que nadie ve. La luz, amigos. La cocina de los helados y los sorbetes salados. Umm. Él va por ahí. En 1993 Robuchon hace algo. Pero Adrià tiene una visión más prospectiva. Sigue. De hecho, se inspira sin saberlo en Guerard, pastelero pasado a la cocina y que traslada técnicas ignoradas en los restaurantes. Dulce-salado.
En 1993 Ferran decide suprimir el carro de postres. La toma de la Bastilla, cuando menos. Empieza a trabajar con su hermano Albert, a la sazón encargado de la pastelería de El Bulli. Pastelería, tío, pastelería. Otro punto de inflexión importante.
¡Menudo año el 93! Una vez más Ferran rompe esquemas: primera experiencia de trabajo en equipo, con Andoni y Bixente. No, nunca se había hecho esto. Primer equipo creativo de la historia. Sueros de queso, pralinés salados. “Fue una lástima que no se quedaran dos años más”, se lamenta a veces Ferran.
1994 y me pregunto cuánta gente está usando el sifón en el mundo. Pero El Bulli está con poco bagaje, con pocas técnicas; los menús están muy monopolizados. Tiempo de sorbetes salados, como el de parmiggiano, que abre caminos. ¡Hey, en el límite está el uso del nitrógeno líquido! Además está el consomé de jamón (era verdad). Aunque lo más decisivo es el descubrimiento de Japón y del mundo. Otras cocinas. Y, no, nadie lo había hecho antes. Otra vez, tío, el primero. Hasta aquel momento todos hablábamos francés. Ferran descubre el planeta.
Para el final de este año lo mejor, lo improbable: el ravioli líquido. Aquí todos nos quedamos mudos. Supongo que hasta él, cuando, haciendo una lasagna, se preguntó por qué no rellenarla. ¡Y vaya si lo hizo! Con mousse de maíz, nene. A veces, todavía recuerdo aquella impresión…
1995 es el año del descubrimiento de los caramelos y crocants en el mundo salado, aunque ya un año antes hay un plato fundacional que es el foie gras con sorbete de mango y trozos de mango caramelizado. La idea de los crocants surge con Ferran comiendo Eagles. El tipo alucina y hace unas patatas con caramelo de miel. ¡Qué sumas! Pero en definitiva, y otra vez es el primero, nuestro prota acaba de entrar el “crack” en la cocina. ¿Ya le vale? ¡Ni en coña!
Deconstrucción. He aquí uno de los “turning point” que definen la nueva cocina planetaria. Ferran, una vez más. ¡Qué huevos! Y lo cachondo es que fue sin pensarlo. De repente se dan cuenta de… Hagamos platos conocidos con texturas nuevas. Y el mundo cambia con unos huevos al plato que se transforman en un huevo de codorniz, un gazpacho de tomate y un plátano envuelto en bacon. Pero, ¡esto es un arroz a la cubana! Ácido. Lisergia. Cuando advierten lo que han hecho (aún sin saber la repercusión que tendrá) lo bautizan como “platos reconvertidos”. Pero surge un pequeño problema porque están escribiendo el libro “Los secretos de El Bulli”, y hace falta un nombre mejor para este último invento. Bob Noto, un gourmet radical italiano que tiene una prima arquitecta, da con la solución: “deconstrucción”. Derrida pasa al olvido a favor de Ferran, que con esto marca la verdadera revolución culinaria. Luego vendrán más rupturas, como el “reconstruccionismo” y la “desestructuración”, pero todo nace aquí.
A partir de ahí nos entendemos más. 1996. El huevo caramelizado. Puta salamandra. Puto soplete. No dirías nunca como fue eso. Tan fácil como: había un huevo en la mesa y, al lado, caramelo. Lo juntamos. Sin más leyenda, hombre. Pero este juego insolente ya empieza a calar en El Bulli, y adaptan (inician tendencia) los dosificadores de salsas que han visto a algún loco de los USA, a la vez que entran en un trance lúdico que los lleva a jugar con lo infantil creando piruletas, polos… Y acaban de inventar (muy poca broma) la risa en el restaurante. No, no, no existía. Del patio del cole a la sonrisa en la alta cocina. ¡Anda que no!
“Relax, do it” Con toda la naturalidad se inventan los antepostres, como fin de una reflexión de cómo pasar de las carnes al dulce. El primero es el tatin de manzana y foie gras. Cambian las estructuras y los horizontes son sólo espejismos. El reloj de las especias, plato brutal que, con un fondo de gelée de manzana ofrece un recorrido salvaje por los paisajes de Marco Polo. Juego. ¿Qué es esto?
También es el año del minimalismo. De las declinaciones (tomate en texturas). Y el primer acto de la gran ópera de los snacks. Los snacks. Fácil: Ferran estaba hasta los mismísimos de inflarse, antes de la comida, con pan y mantequilla. Fácil, ja, ja. Y, por cierto, que este mundo es el menos copiado de El Bulli, porque requiere un gran esfuerzo técnico y humano.
Lógicamente, nos acabamos de cargar el carro de quesos. ¡Ohhh!
1997 es la consecuencia lógica de todo lo dicho. Se cambia la estructura del menú y se pierde la diferencia entre los snacks y lo demás; hablamos de 15 platos en total. Y de nuevos mundos: pastas y raviolis, destacando el espectacular ravioli de sepia y coco. Se crea el primer taller estable de El Bulli. Y, ojo, se plantea, para sorpresa de unos e indignación de otros, el primer plato virtual de la historia, por llamarlo de alguna manera: la mousse de humo. Un plato que es una bofetada para todos los pacatos y los integristas de la cocina.
Vuelven vientos revolucionarios en el siguiente año, 1998, el de las gelatinas calientes y el de la declaración de Robuchon, en TF1, de que Ferran es el mejor cocinero del mundo. ¡Pero esto ya lo sabíamos! Bien, las gelatinas calientes son el top, algo definitivo en la alta cocina. El principio fue banal. Estaba Ferran y su equipo en un japonés y les dieron un plato con filamentos de agar agar. ¡Gelatina que no se deshace! Alucine y un año trabajando el producto… hasta que se dieron cuenta de que lo vendían en polvo. Lo primero que hizo fue una gelatina caliente de manzana con sorbete de roquefort. Fue en un día de julio, en una mesa de dos personas que jamás sabrán (o sí) que son historia. ¿Y si lo hubieran sabido? Esto nos puede hacer pensar en la importancia de la información, puesto que sin ella podemos estar ante lo magnífico sin enterarnos.
Otra revolución dentro de la revolución, y ya nos acercamos a los presupuestos filosóficos de Trotsky: consomé gelée. ¿Vale?
Vámonos al cine. Peli hawaina. Ya sabes, collar de flores y cocktail de bienvenida. Y Ferran pensó lo obvio: por qué no recibir en El Bulli con un combinado. Dicho y hecho. El primero fue la piña colada en dos texturas, espuma y líquido.
Este mismo año es el de la vida de Oriol Castro, que se la jugó para conseguir la aparentemente imposible espuma caliente. Sin hostias el tipo calentó el sifón (se decía que podía estallar) y creó la espuma caliente de patata que luego daría lugar a la célebre tortilla deconstruida realizada por Marc Singla.
1999 es el año de la Pacojet y del polvo helado, que fue el resultado de un “defecto” (que no es tal) de la máquina. El primero fue el de maíz.
¡Qué año! Tagliatelle carbonara. Nuevos usos del agar agar como gelatina en frío en láminas. Y algo importantísimo que también inicia una nueva etapa en la cocina contemporánea: la datación de los platos (ahora es normal, pero fue Ferran, como siempre), obligada por la apertura del hotel El Bulli en la Hacienda Benazuza de Sevilla. Cambio radical de entender la cocina, porque introduce el parámetro cronológico. ¡Uf!
Los ralladores microplane aparecen, porque Ferran los encontró en un tienducho de Washington paseando con José Andrés, en 2000. Otro rollo con los quesos y los frutos secos, por ejemplo. Nuevas texturas. Y las nubes. La idea surgió de Juan Pablo del Chaflán (Madrid) y se convirtió en realidad en el Taller El Bulli de Portaferrissa.
2001 empieza con el sifón de soda trabajando la zanahoria. Y con algo mucho más importante: los olores, percepción que Ferran siente con José Andrés en Washington comiendo un cordero con una rama de romero. Ferran lo introduce en El Bulli, e incluso crea nuevos ambientes con sprays en directo de mar, bosque… Sin embargo, y a pesar de la sopa de aceite de oliva con el globo oloroso que se rompía de 2004, aún no ha sido capaz de normalizar la “cuarta pared” en el plato.
Sí, en cambio, tuvo la visión de aliarse con la industria alimentaria y con el diseño industrial. Y ahí están la paella Kelloggs con pipeta o las colmenillas a la crema. Y las olvidadas esponjas, antecedentes de los aires, cuyo origen hay que situar en las salsas muy ligeras de mantequilla elaboradas en Alemania y también por Charlie Trotter (la espumilla de encima, ok). Sí, Ferran ve lo que nadie ve.
Ahora ya vamos de Kalashnikov, porque Ferran, en 2002 decide hacer un resumen de todo lo inventado y dinamita lo más sagrado, la carta. Hemos de volver a nacer. Pues allá vamos, que también los tenemos cuadrados.
He de decir que, en 2003, fui de los primeros en probar el aire, una tarde indolente con mi hijo Paris en la cocina de El Bulli. ¡Gracias, Alberto! Fue el de zanahoria, y supe, supimos, que estábamos ante otro cambio de sistema. “El perfume en el plato”, lo definió Rafa Morales, el chef que tiene Ferran en la Hacienda Benazuza. La historia de esta técnica es larga. Ya hacía tiempo que Ferran quería superar las espumas, ir más allá en la levedad. Investigaban. Trabajaban. Y un día, con una cadena de televisión grabando en el restaurante, Oriol le gritó a Ferran… Había logrado hacer un aire de manzana sólo con el licuado de la fruta y un minipimer… Luego se probó con otros productos, pero funcionaba con pocos: el aire “bajaba”. Y entonces Internet. Búsqueda “espumantes”. Resultado: lecitina de soja. ¡Hecho! El aire, una de las técnicas más reconocibles y amplificadas de El Bulli hoy.
Pero Ferran no tiene freno. Va sin jockey. E inmediatamente creó el aire helado, que requiere una técnica muy compleja y que se expresó primeramente con la vainilla. Nada comparable, sin embargo, con otro de los hitos bullinianos. Nada más y nada menos que la sferificación. La básica, entonces. Saliendo de una factoría de productos alimentarios, vio una salsa con unas bolas. ¿Qué es esto? Alginato y cloruro cálcico. ¡Al Taller, pollos! Y, sí, claro… Cambiando los tiempos se hizo la magia. Interior líquido. Pero aquello fue sólo el principio, porque la técnica era muy limitada. Así y todo, de aquel primer experimento nos queda el caviar de melón.
La mente de Adrià se va soltando este año. Hay furor creativo y resultados espectaculares e históricos. Láminas heladas para envolver coulants, barbapapá… ¿Cómo es posible que nadie, en toda el recorrido de la cocina, no hubiera advertido lo increíble que es esta última textura, que Ferran trabaja hasta como papel?
Llegados a este punto, pensemos, pensemos. ¿Qué cocineros españoles habían ido, antes de 2003, a Japón y a China, y aquí incluimos El Bulli? Ferran, al fin, lo hace. Y, viendo la yuba, la piel de la leche de soja, crea la piel de leche, laminada, tratada como pasta. El mundo se empieza a hacer pequeño.
Y llega 2004 con la gran explosión de las texturas. Ferran, que ya está en otro planeta, se aplica en la adaptación de los hasta entonces desconocidos productos de la industria alimentaria. Estallan los nuevos gelificantes. Ante tamaña tormenta Ferran empieza a trabajar con Pere Castells, el científico, que le hace de puente entre los fabricantes y la cocina. Y se empiezan a exprimir los últimos 50 años de tecnología alimentaria.
Nitrógeno líquido. ¿Cuál es la verdadera historia? Pues Oriol Castro va a la feria Expoquimia, lo ve y se lo lleva para probar. El mismo Oriol, un tiempo después, va al Fat Duck y… ¡Blumenthal lo está usando! Al poco, van todos a Donosti… ¡y ven que Dani también está en ello! Sin embargo hay diferencias. El británico lo utilizaba para enfriar galletas y también para elaborar espuma nitrogenada, con lo que ya se ve la gran interrelación que hay entre los cocineros. Dani y Ferran inician un camino mucho más largo y creativo.
Pero los inventos texturales no acaban aquí. 2004 también nos lega los terciopelos, que se obtienen mediante un proceso de decantación de jugos licuados. ¡Si el profesor Franz de Copenhague levantara la cabeza!
En 2005 se expresa en toda su plenitud el naturalismo, que ya se apuntaba en 2003 con platos como la bola de nieve y la tierra, homenajes al Mibu. Pero este movimiento de carácter sereno colisiona con la locura de los productos texturizantes que llenan las fantasías de Ferran. Xantana para hacer salsas imposibles (es capaz de ligar un litro de fondo de carne sólo con 2 gramos), metilcelulosa para hacer merengues calientes sin clara, goma gellan… Es la folie. Paralelamente, el mago se saca otro conejo de la chistera en forma de liofilización, una técnica compleja y cara que abre un nuevo universo de posibilidades ignotas. Fruto, además, de la investigación, se consigue la sferificación inversa, que permite esferificar más productos (incluso lácticos) y alargar la conservación, caso, por ejemplo, de las famosas aceitunas.
Y Ferran, que pisa fuerte, se carga el plato de pan e introduce el producto como un componente más del menú. ¡No hay manera con este tipo!
Llegamos por fin a este año. 2006. Un año de sabores equilibrados, glamourosos, plenos. El uso de materias de nueva generación lleva dar un paso más en la sferificación, que ahora se elabora con gluconolactato. Ya se esferifica todo, colegas. Y aún más allá, porque Ferran va suelto. La encapsulación, que permite encerrar en bolas todas las materias grasas. El aceite, sin ir más lejos. La proteína de soja induce la creación de merengues sin clara. Se crea el croquanter, que recrea formas cristalinas de purés de frutas. Se manipula la deshidratadora para hacerla servir de horno y conseguir masas con más sabor. La maltodextrina, inspirada por Wylie Dufresne (el único cocinero que está investigando los hidrocoloides y otros productos al nivel de El Bulli), logra increíbles polvorones.
Las nuevos fondos de carne ya se elaboran sin huesos, ligados con xantana y jugando en trompe l’oeil con los conceptos de sopa y salsa. Con un uso novedoso del vacío se consigue perfeccionar y estilizar la forma de algunos moluscos, como las navajas. Entran las semillas con fuerza y descaro, con platos tan geniales y estupefacientes como “el origen de la vida”.
Y un último too much: las algas frescas, dramático retruécano que sigue elevando a Ferran al solitario cielo de las vanguardias creativas.
Qué historia, ¿no?

Un vuelo de pega

Tantos, tantos años volando sin ir a ningún sitio. El viejo encargado del avión del Tibidabo, viendo como los niños pasaban de largo su atracción para vivir aventuras más vertiginosas en máquinas más modernas y excitantes, pensaba en los viejos tiempos, cuando aquel avión, su avión, era la sensación del parque. Para muchos, en otras épocas, el breve recorrido circular del aeroplano de pega había sido la primera experiencia aeronáutica. Ahora, en una época de aviones supersónicos y realidades virtuales, el añejo artefacto volador era tan sólo una antigualla que ya no emocionaba a nadie. Pero, para él, constituía toda su vida. Un mundo volante que le había mostrada el panorama cambiante de la ciudad a través de los años. Un universo de recuerdos. Un espacio angosto pero lleno de ilusión, felicidad y locos sueños de países y paisajes ignotos y exóticos. Porque, irónicamente, jamás había subido a un avión de verdad. Cierto que sus hijos habían insistido muchas veces, años atrás, en llevarle con ellos de viaje ; pero él prefería las vueltas a su mundo de fantasía, un mundo que vivía en el interior de la cabina, dentro de su cabeza, mientras resonaban a su alrededor los grititos excitados de los niños.
El parque de atracciones, aquella tarde previa al día de Navidad, estaba repleto de risas y colores que desafiaban al frío. Pero, a pesar de las multitudes que llenaban el Tibidabo, él seguía, solitario, junto a su adorado avión. Sólo, de vez en cuando, se acercaban algunos curiosos. En todo lo que llevaba de tarde había realizado tres viajes. Y con el aeroplano medio vacío. Además, no soportaba ver la cara de decepción y, en algunos casos, hastío que mostraban los clientes al abandonar la atracción. ¿Qué se esperaban ? Seguramente, algo más parecido a una nave espacial.
Poco a poco, con la caída de la tarde y la llegada de la oscuridad, el flujo de personas empezó a disminuir. Era Nochebuena, y la mayoría se apresurarían hacia cálidas cenas en familia. Recordó, entonces, su soledad. Sus hijos estaban de viaje, y su horizonte para aquella noche no iba más allá de una vulgar cena y un empacho de especiales de televisión. Sin darse cuenta, llegó la hora de cerrar. Miró a su alrededor y ya no vio a nadie. Siempre era el último. Lentamente, cumpliendo un ritual que le había acompañado a lo largo de los años, montó en el avión para comprobar los desperfectos del día y dar una última vuelta sin testigos.
Al día siguiente, Navidad, ninguno de los responsables del parque pudo explicarlo. SE habló de robo, acaso un romántico coleccionista; de una efectista campaña de publicidad; hasta de ovnis.
Increíblemente, el avión había desaparecido

Sólo un sueño

Hacía tiempo que, cada noche, tras las tremendas borracheras que pillaba, cuando lograba arrojarse sobre la cama, le inundaba uno de esos sueños recurrentes que se prolongaban hasta el despertar, siempre después de las cuatro de la tarde. En él, se veía a sí mismo un hombre nuevo, diferente. Sobrio hasta la asquerosidad. Le inquietaban esas pesadillas, que incluían una aburrida vida de trabajo sin ningún tipo de diversión, no sólo por lo absurdas y distantes que le parecían, sino porque tenían algo de ominosa premonición que no acababa de entender. Como si tuvieran algo que ver con él. ¡Con él !
Aquella mañana, pronto, no serían más de las siete, se despertó con sobresalto. Una extraña sensación de novedad le recorrió el cuerpo. Confusamente, se levantó. La sensación de claridad mental y el paisaje doméstico que se abría a sus ojos le produjeron un peculiar desasosiego. Como si no fueran con él. Como si todavía estuviera soñando. Pasó por delante del bien surtido mueble bar sin comprender que hacía allí. Todo era curioso, como jirones de sensaciones que se entremezclaban sin resultar del todo exóticas ni del todo habituales. Abrió la nevera y descubrió, con alegría, que quedaba una botella de agua. Se sirvió tres generosos vasos.
Cuando salió al rellano para ir a trabajar, a las ocho en punto, vio con disgusto a su vecino, un dipsómano impenitente que esa mañana no había podido ni abrir la puerta. Estaba, tirado junto a la misma, durmiendo la mona. “¡No le da vergüenza !” gritó con asco.
Le despertó un grito. Abrió los ojos con dificultad y vio la espalda de su vecino desaparecer en el ascensor. La resaca era tremenda. Le dolían hasta los cabellos. Miró el reloj. Las ocho. Dudó. ¿Era la hora de ir a trabajar o la de acostarse ? Sacudiendo la cabeza con perplejidad, entró en la casa. Una copa le aclararía las ideas. ¿Y el mueble bar ? Abrió el frigorífico buscando una cerveza y con turbación vio que sólo había agua.
Lejos de estos paisajes, un hombre remoto despertó. “¿Sabes ?”, le dijo a su mujer, que se desperezaba al lado, “he tenido un sueño extravagante : dos vecinos que intercambiaban sus sueños por sus realidades. Son extraordinarios los sueños, ¿no ?”.

Otra realidad

Extraña historia la que me contó la otra noche, al abrigo de unas copas en una conocida coctelería de la ciudad, un psiquiatra viejo amigo. El cuento afectaba a dos de sus últimos clientes en el sanatorio que visitaba cada jueves. Se trataba de dos jóvenes de unos 30 años que habían llegado a la clínica tras pasar por una larga y horrible experiencia en el desierto del Sahara. A pesar de que la razón había huido definitivamente de sus mentes, a través de una serie de charlas terapéuticas el médico había podido reconstruir la tremenda experiencia que habían sufrido. Una experiencia inquietante, además. Como muchos otros turistas aventureros, los dos amigos habían decidido realizar una travesía por el Sahara a bordo de un todo terreno de segunda mano adquirido en la península. La inexperiencia, un exceso de audacia y una sobredosis de confianza los llevaron a la perdición. A los pocos días de haberse internado entre las vibrantes dunas comenzaron los problemas. No tardó en llegar el desastre : una rotura del palier les dejó abandonados a su suerte en mitad de la nada arenosa. A pie, sin conocimientos de la zona y con unos mapas insuficientes, se extraviaron sin remedio. Comenzó a faltar el agua y a fallar el temple. Al parecer, en un último momento de razón, ya al borde de la desesperación final, decidieron que no podían morir, que debían creer firmemente en su salvación. Con toda la fuerza que les quedaba, imaginaron que encontraban un oasis. Fuera espejismo o pura invención o realidad transdimensional, llegaron a uno. Eso, al menos, le dijeron a mi amigo psiquiatra.
Les encontraron al cabo de casi dos meses, en pleno desierto, bajo una duna. Sin nada. Estaban físicamente bien, sin graves quemaduras y sin síntomas de deshidratación ni inanición. Como si realmente hubiesen estado disfrutando del agua, los dátiles y la fresca sombre de un palmeral.
Pero locos.

Nada por aquí, nada por allá

Estaba excitado. La actuación del gran mago Willie Black el día siguiente en el palacio de deportes, donde él trabajaba como técnico de producción, le tenía sorbido el seso. Gran aficionado al ilusionismo –incluso había aprendido algunos trucos sencillos en Internet con los que asombraba a sus amigos y novias--, profesaba una morbosa admiración por el ídolo mundial de la magia espectacular. Willie Black. Por la tarde había ensayo general y, aunque estaba completamente prohibida la asistencia del personal, él había maquinado un plan para colarse entre bambalinas y asistir secretamente a la prueba. Todo salió bien, y hacia las siete de la tarde, ya estaba escondido en un lugar seguro detrás del escenario, que, como ya sabía por haber ayudado al montaje, se encontraba lleno de las máquinas para desarrollar los trucos. Allí estaban el toro mecánico que servía para que el gran maestro levitara, el complicado artilugio de cables para su famoso vuelo... La sorpresa fue cuando Willie probó esos dos números, los más famosos de su show. Porque, increíblemente, ninguna de las dos máquinas fue puesta en marcha. No daba crédito a sus ojos. Black levitó y voló, aparentemente, sin utilizar aquellos complicados aparatos. Cuando acabó el ensayo regresó a su casa. Aquella noche no pudo dormir y tuvo extraños sueños. Al día siguiente, armado de la entrada que le correspondía como trabajador y acompañado de un selecto grupo de amigos, se dirigió al palacio de deportes. El lugar estaba hasta los topes. Intentó fijarse, durante la levitación y el vuelo, en la ejecución del truco, pero la perfección de Willie se lo impidió. Le volvieron a asaltar ominosos pensamientos. ¿Cómo podía ser? Hacia las 12, llegó el punto álgido de la actuación, el gran final esperado por todos: la desaparición en mitad del escenario de un numeroso grupo de espectadores. Mientras las ayudantes del mago iban entre el público seleccionando a los afortunados, sintió como se retorcía el nudo que tenía en el estómago. Como entre sueños, fue elegido y llevado de la mano por una de las azafatas hasta el escenario. Junto a otros espectadores, todos sonrientes, fue colocado en el interior de un cubículo elevado, sin aparentes salidas ni trampillas. Ese número no lo había probado la noche anterior. Era la gran sorpresa. Ya dentro, con una tela que los separaba del exterior, empezó a sospechar lo inevitable. Oía las risas de los que le acompañaban como algo lejano y terrible. El maestro pronunció las palabras, se hizo un silencio total en el palacio y entonces el mundo se apagó.

El hombre que decía la verdad

Súbitamente, despertó. Con una insólita sensación de claridad, miró extrañado el despertador: las agujas fosforecían en las seis en punto de la mañana. Increíble. A esas horas y despierto. Pero había otra cosa; esa extraña percepción de que algo no estaba en su sitio; una ominosa impresión de cambio en su personalidad, de sentirse diferente, "otro". Perplejo ante aquella catástrofe que modificaba radicalmente su costumbre de pegarse al colchón hasta las 10 de la mañana, decidió dilatarse en el baño y prepararse un desayuno con de todo. Poco antes de las ocho, peinado y oliendo a colonia, bajó al parquing, se subió al coche y aceleró hacia el diario, donde, pensó sonriendo, nadie daría crédito a ver al subdirector en el mismo horario que las señoras de la limpieza. Durante el consejo de redacción, volvió a sentir aquella impresión de otredad que le asaltara de madrugada. ¿Por qué habló de aquel asunto que hasta entonces había mentenido en el secreto que merece lo políticamente incorrecto? Y, sin embargo, eso había que publicarlo. Lo sabía de primera mano: un importante político tenía una amante a la que había favorecido, mediante contratos manipulados, en asuntos muy delicados. A pesar de, primero, la sorpresa, y, después, la prohibición expresa del director, vendido al poder, a últimas horas cambió la apertura de la página y coló la información. Tras salir de la redacción, muy tarde, se acercó a su disco bar habitual. Allí estaba Elena, su novieta, esperándole. Sin saber como, se descubrió a sí mismo contándole como se lo había hecho con dos de sus mejores amigas. Además, siguió, estaba con ella sólo para pasar el rato. La pobre chica, aturdida y llorosa, se fue corriendo del local. Aquella misma noche decidió contarle a su íntimo amigo una vieja traición y, en otro arrebato de inexplicable e imparable sinceridad, descubrirle un jugada vil a un empresario colega de barra terminal.
Por la la mañana, en el diario, era el caos. Fue destituido fulminantemente y desterrado a sociedad. Allí, durante las siguientes semanas, desveló engaños entre la jet set local, denunció escándalos y escribió terribles verdades que convulsionaron a propios y extraños. Cuando delató a dos de sus compañeros, que cobraban por ciertas informaciones sesgadas, empezó su declive final. Fue expedientado y, a la postre, despedido. Intentó, valiéndose de su anterior prestigio, empezar de nuevo en diversas publicaciones, pero su incontrolable pulsión por contar la verdad lo convirtió en persona non grata en toda la ciudad. Pronto comenzó a ser visto solo, cada vez con peor aspecto e incluso intentando dar sablazos a sus conocidos. Sin amigos, ni conocidos, ni mujer, ni trabajo, desapareció al fin en el anónimo fragor metropolitano.
La otra tarde me lo encontré, limpiando parabrisas en la Diagonal. Con su vieja sonrisa, se acercó. "¿Cómo te va?", me espetó, "¿Sabes? El otro día vi pasar a tu mujer, y recordé algo inconfesable sobre ella que deberías saber... No te lo vas a creer, pero..."
Con el semáforo todavía en rojo, pisé el pedal y huí de allí sin mirar atrás.

La piscina

Miró, a través de la ventana, otra vez hacia la flamante piscina. Todavía le parecía mentira: allí, en su jardín, una piscina llena de agua. Mientras oía con lejano eco las risas y los chapoteos de su mujer y los niños bañándose, se vio otra vez en medio del enfurecido mar nocturno. Le palpitaron las sienes. Había ocurrido cuando tan sólo tenía siete años, pero la pesadilla jamás le había abandonado. Fue durante un crucero en yate, con sus padres. Lo recordaba demasiado bien. Con extraña perfección, como en cámara lenta. La caída, el vértigo, la mole del barco girando por encima de él. El frío terrible del agua. La soledad eterna en mitad del caos de las olas. Afortunadamente alguien le vio caer y, tras unos minutos de eterno terror, fue rescatado milagrosamente. Pero ya nunca había podido borrar de su mente aquella tremenda sensación. Desde entonces, sufría pavor por el agua. Habían pasado 30 años y el mal sueño no había desaparecido. De casi nada habían servido psiquiatras, psicólogos, médicos. Todo había sido en vano. Nunca más se había metido en el agua. En el mar. Ni en una piscina. Pero al final había tenido que ceder a lo inevitable. Ciertamente, no tenía derecho a que su familia se viera privada de la deseada piscina. Había sido una decisión difícil. Dura. Pero lo más curioso del caso es que, una vez decidido a construir la piscina, todo había sido muy fácil. Raramente fácil. Una atractiva publicidad y un teléfono en el buzón. Llamó y, al día siguiente, ya habían empezado los trabajos. Al principio no sintió nada, pero, cuando, por fin, se llenó el hueco de agua, volvió a vivir la opresión. NI tan siquiera había podido acercarse aún a la piscina. Y, sin embargo, allí estaba. Supo que tendría que tomar una decisión o se volvería loco.
Esa noche, cuando ya todos estaban durmiendo, bajó al jardín con una angustiosa determinación. Allí estaba la piscina, extrañamente iluminada. El pato flotador de su hijo pequeño inmóvil en el centro del agua. Con horror contenido, se acercó a su borde. Tenía que hacerlo, se repitió. Lentamente, se despojó de la camiseta que llevaba. Y ya no lo pensó dos veces. Se lanzó furiosamente contra el agua. Sintió de nuevo aquel antiguo frío, aquel mismo amargor en la boca. Con los ojos obstinadamente cerrados y una salvaje sensación de hiperrealidad se impulsó hacia arriba. Volvió a respirar el aire de la noche. Abrió los ojos con temor. Y se encontró de nuevo en medio del embravecido mar, en la oscuridad del océano. Ni tan siquiera pudo agarrar el patito hinchable, violentamente sacudido por las enormes olas, antes de desaparecer en la negrura abisal.

La piedra filosofal

La primera vez que oí hablar de la paradoja de Banach-Tarski fue en un bar. En la barra de un bar. Me la contó, de forma extrañamente apasionada, uno de esos colegas que se hacen en la noche. Aunque yo no lo había sabido hasta entonces, aquel chico que a menudo agotaba las madrugadas conmigo había estudiado ciencias exactas, y, a pesar de que no ejercía, me confesó que su verdadera pasión eran las matemáticas. La paradoja de Banach-Tarski, llamada así en recuerdo de los dos matemáticos que la descubrieron en los años veinte, asegura que, en ciertas circunstancias, es posible descomponer en piezas un sólido ideal, piezas que vueltas a ensamblar componen un nuevo sólido de tamaño doble que el original. Recuerdo que, aquella noche, bebíamos rápido. Íbamos a cuatro copas por hora. Acaso por ello me interesé por su historia. O quizás para seguir admirando a la rubia que le acompañaba. No sé. La cuestión es que mi curiosidad siguió creciendo a medida que avanzábamos en el tema. Al parecer, la paradoja se basaba en resultados matemáticos reales. De hecho, existen varias demostraciones de la misma. “Es como las piezas del tangram chino”, me comentó ya a las tantas, “con las que se puede construir un rectángulo de determinados centímetros cuadrados y, recompuesta, de los mismos más uno. Pruébalo”. Recuerdo que acabamos la fiesta charlando de la posibilidad de usar la paradoja para conseguir crear el doble de oro a partir de una cantidad menor dada. Hasta contemplamos la posibilidad de que hubiéramos dado con la mítica piedra filosofal.
La siguiente noche que coincidimos, estaba bastante más excitado. Me aseguró que había desarrollado un programa de ordenador con algoritmos que le permitirían diseñar la forma de cortar los sólidos para que, una vez pegados de nuevo, diesen el doble en tamaño y peso.
No volví a verle, curiosamente, hasta pasados unos meses. Estaba descompuesto, delgado, pálido y enfebrecido. “He logrado perfeccionar el programa”, farfulló, “y funciona... Voy a crear materia de la nada.” SE tomó una copa rápida y, a pesar de mis súplicas para que me contara más, desapareció en la oscuridad de la calle.
No he sabido nada más de él. O quizás sí. En estos últimos tres meses, el precio del oro ha caído en picado.

La máscara de papel maché

Evitó el gran espejo empotrado del pasillo. Era el único que quedaba en el pequeño y deteriorado piso. Había tirado al container de la esquina el del lavabo. Lo había hecho furtivamente, ocultándose en el peligroso anonimato que las Ramblas ofrecen más allá de las cinco de la madrugada. Aunque le costó, logró arrancar también la luna del armario de su cuarto. Estuvo una semana retirando esquirlas del suelo, incluso de la cama. Todavía le dolía el corte que se hizo en la planta del pie. Pero con el del pasillo no hubo forma. La casa era muy vieja, y la propietaria, muy quisquillosa. Antes de cargarse la delgada medianera había optado por neutralizarlo con parte de su colección de posters de conciertos, ya olvidada, como tantas otras cosas, después del accidente. ¿Accidente? De hecho, se decía, eso era lo que inconscientemente había estado buscando. Se habían encontrado sus pesadillas y el atroz destino. Mientras se preparaba un café en el ennegrecido hornillo, recordó una vez más el día, la mañana en que decidió convertirse en leyenda. El café, que sorbió dificultosamente con una caña, le abrasó la garganta. Calor. Fuego. Así empezó todo. Bien, primero tuvo que colarse dentro. Y resultó más fácil de lo que había planeado. Disimulado con un viejo mono, le bastó un seco saludo para traspasar las puertas de entrada. Aún se recordaba caminando indolentemente en medio del lujo y los grandes espejos. Las arañas titilantes. Las moquetas gustosas. Cuando consiguió llegar a las bambalinas, donde se centraba la mayor actividad, supo que el objetivo estaba cumplido. Sorbió más café con la caña. Le resultaba singular, pero a partir de aquel momento sus recuerdos le llegaban virados al rojo. Un rojo intenso. Rojo fuego. Acaso por ello no atinaba a dibujar cómo llegó arriba. Al telón. Era como si sólo pudiese intuir jirones llameantes de un viejo sueño perdido. La memoria sólo se aclaraba con una sensación de dolor profundo, y entonces se veía rodeado de fuego por todas partes, un fuego que él mismo había provocado. Olor a carne quemada. Su carne. Su rostro. Se le derramó el café. ¿Cómo consiguió salir de aquel infierno de opereta? Sólo tenía conciencia de haber ganado la puerta de atrás acribillado por mil pequeñas y lacerantes teas hundiéndose en su cara. Ni vio la calle. Subió como pudo a su casa, y después fue el olvido. Las gasas torpes, las pomadas... Dolor. Un dolor que había recorrido primero su cuerpo y luego algo más profundo. Hasta que llegó la certeza. La determinación. La leyenda.
Cogió la máscara de papel maché, ya seca, y se la colocó sobre el rostro horriblemente mutilado, desfigurado, derretido por las llamas. Agarró la capa, cosida burdamente con unas viejas cortinas, y se la ató a lo que antes había sido un cuello. Fue con decisión hacia el pasillo. Arrancó con brutalidad los viejos posters.
Sí, él sería el fantasma de la ópera. El vengativo fantasma del Liceo.

La bola

Estaba a punto de entrar en el portal de su casa cuando sintió un extraño cosquilleo en la nuca. SE giró, pensando que había alguien observándole detrás suyo, pero la calle estaba vacía. Y oscura. Debía ser el propio cansancio tras un largo día de trabajo. Mecánicamente, puso la mano en el bolsillo de su pantalón en busca de su llavero cuando algo le llamó la atención más allá del rabillo de su ojo. Una luz mortecina, al otro lado de la calle. Ahí no había nada. Volvió a girar su cabeza para cerciorarse. Y, en efecto, allí estaba la luz. Surgía de un viejo local que... que siempre había recordado cerrado. ¡Qué extraño! Puso la llave en la cerradura pero, a pesar de sus ganas de llegar a la cama, su mirada se desvió hacia el otro lado. Parecía que la tienda estaba todavía abierta. Volvió a guardar las llaves y atravesó la calle en dirección a la luz. Efectivamente, la tienda estaba abierta. Era un anticuario. Inexplicable. Llevaba 20 años viviendo en aquel barrio y jamás se había dado cuenta de que allí había un anticuario. No, realmente es que allí nunca había habido una tienda abierta. Sea como fuere, entró. Más que un anticuario, aquello parecía el almacén de un trapero. A los pocos segundos, mientras sus ojos resbalaban por muebles viejos, cuadros polvorientos y candelabros anacrónicos, apareció un viejo sonriente y solícito. No, no quería comprar nada, sólo había entrado por curiosidad. ¿Cuándo había abierto? Sin responder claramente, el viejo le llevó hacia un viejo aparador de cristal. Dentro había, entre diversos objetos de adorno, una vieja bola de agua de esas que se agitan y crean afecto de nieve. La miró fijamente. Sintió una rara sensación en el estómago. Dentro de la bola se escenificaba una habitación, exactamente igual que la suya. Cerró los ojos y volvió a mirar. Exactamente igual que la suya.
Ya en su casa, metido en la cama, observó con atención la bola. ¡Qué singular! La agitó y los pequeñitos copos de nieve llenaron morosamente la esfera, cayendo lentamente sobre los diminutos muebles. Otra cosa que no entendía: no había agujero por donde meter el agua. ¿Cómo lo habrían hecho? Desde luego, era una verdadera obra de arte. La depositó en su mesilla de noche y se durmió.
SE despertó, violentamente, de madrugada. Todo se movía. Intentó salir de la cama sin conseguirlo. Y, de repente, empezó a nevar en la habitación.

Exterminio

Cuando vio a su padre entrar dificultosamente por la puerta de la casa de espaldas, cargado con un voluminoso paquete, supo que por fin lo había conseguido. Excitado, corrió hacia él en busca de su regalo: el último y más espectacular videojuego para ordenador creado jamás. El Exterminator Total. Curiosamente, nada se sabía de su contenido, que había sido celosamente guardado por su diseñador, una especia de Bill Gates punkie que, en pocos años, había logrado desbancar a todas las empresas del sector. Era un tipo enigmático del que nadie sabía tan sólo ni de donde había salido. Lo cierto es que la presentación del producto había tenido una ampulosa liturgia massmediática. Rodeado de polémica, el gran pope de los juegos electrónicos, que había sido acusado repetidamente de estimular la violencia y el caos entre los jóvenes con sus propuestas lúdicas de carácter anarquista, había sacado el famoso videojuego simultáneamente en todo el planeta. Hacía tan sólo unas horas. Y con las protestas de diversos colectivos sociales, lo que todavía le había conferido más relevancia a la movida. Adorado por los más jóvenes y odiado por los mayores.
Ya en su cuarto, desembaló el juego bajo la preocupada mirada de su padre, que sólo había accedido a su compra --con las protestas de su mujer-- debido a las buenas notas que había sacado el chaval el último curso. Tras una prolija instalación en el ordenador, el chico empezó a jugar. Se trataba de intentar detener una invasión alienígena a la Tierra. Los efectos especiales, los sonidos y las imágenes en tres dimensiones eran extrañamente reales, pensó el padre, que, muy a pesar suyo, se había sentado junto a su hijo fascinado por la extremada violencia de las pantallas. Poco a poco, mientras el crío iba ganando niveles en el juego, con extraterrestres cada vez más sanguinarios y belicosos, empezó a sentir una extraña sensación de terror concreto. DE repente, sintió un dolor punzante en el hombro. En la pantalla, un monstruo armado con un inexplicable fusil láser se le encaró y volvió a disparar. Sintió el impacto en su brazo. Aterrorizado, intentó coger al niño para que parase aquella pesadilla en 3D, pero ya era demasiado tarde: una horda de guerreros imposibles se acercaba rápidamente hacia ellos. “¡Cuidado, me he quedado sin municiones!”, gritó el niño mientras se giraba hacia él.
Fue lo último que oyó.

En el fondo del mar

Jamás conocí a nadie que amase más el mar. Lo irónico del caso es que Diego, que así se llamaba ese amigo, estaba profundamente anclado en tierra. Su trabajo como administrativo en una pequeña y siniestra oficina le dejaba muy poco margen para su compulsiva afición, que, a falta de recursos para desarrollarse, se reducía a largos fines de semana de contemplación marinera en el rompeolas. Diego, como todos los obsesivos, vivía solo. Nadie hubiese podido soportar sus infinitos silencios con los tristes ojos extraviados en la insondable superficie marítima. Y así cada vez que salía del trabajo. Así todos los días festivos. A pesar de que le trataba poco (coincidíamos en el mismo restaurante de menús al mediodía) y le conocía menos, su mirada melancólica, su apasionada conversación sobre las desconocidas maravillas ocultas (según él) en el mar y una peculiar calidez que aureolaba su presencia me crearon, con el tiempo, una fuerte corriente de simpatía hacia él, fruto acaso, tampoco lo voy a negar, de una cierta piedad. Porque, en el fondo, yo, como los demás clientes del restaurante que le conocían, también pensaba que estaba un poco loco.
Me sorprendió su ausencia un lunes de primavera. Era hombre de costumbres fijas. Cuando, el martes, tampoco compareció a la hora de comer, la sorpresa se transformó en preocupación. Debía estar enfermo. Uno de sus compañeros de despacho se acercó a mi solitaria mesa y me desveló la realidad : Diego había perecido ahogado. No podía creerlo. Al parecer, había testigos en el rompeolas que aseguraron haberlo visto caer al agua, muy embravecida esos días. No hubo nada que hacer. Fue, según el relato de quienes lo vieron, como si el mar se lo hubiera tragado.
Al día siguiente, a la hora de comer, yo seguía reflexionando sobre lo acaecido. No podía hacerme a la idea. Él, Diego, muerto ahogado. Había algo que me decía que eso era imposible. Uno de sus compañeros me sacó de mis oscuros pensamientos sentándose a mi lado. “Encontramos eso” -me enseñó un paquete- “con una nota en la que pedía que te lo entregásemos”.
Al llegar a casa lo abrí. Era un viejo libro, muy manoseado, que hablaba de viejas leyendas y cuentos tradicionales. Subrayada, leí con incredulidad una antigua historia común a los pueblos del norte de España que narraba, certificados incluso oficialmente, varios casos de marineros convertidos en animales marinos. Lobos de mar que, un buen día, se habían sumergido en el Cantábrico para no regresar, aunque algunos, tras muchos años de olvido, habían sido vistos cerca de sus antiguos lugares y sus antiguas familias.
Han pasado varios años y todavía me obsesiona el destino de Diego. De hecho, a veces creo firmemente que sigue vivo, navegando libre por fin por los anchos mares del mundo.
Siempre que ceno en el puerto, me acerco al agua y echo un vaso de vino. Sé que, en alguna profundidad incierta, él estará brindando conmigo. Y, quien sabe, quizá dentro de unos años...

Al principio fue un virus

A estas alturas, nadie sabe como pudo empezar. En los días de la Catástrofe, cuando la situación no parecía todavía irreversible, se llegó a hablar de alguna extraña invasión alienígena. Pero los hechos se precipitaron, más allá de las explicaciones, irrefutablemente, en pocas semanas. Hasta llegar a estos momentos, a la Época del Gran Vacío. Somos muy pocos los que todavía podemos recordar, intentar explicar. Comunicar. Y todo se hace, cada día que pasa, más y más complejo. Eliminadas todas las formas de comunicación electrónica, nos quedan tan sólo los recursos del pasado. He podido contactar con algunos auténticos, pero de manera harto dificultosa. Además, la gran parte de los que han quedado inmunes al virus son gente sin ningún conocimiento, ermitaños, outsiders, marginados, reliquias de otros tiempos.
Todo empezó, supongo, en un ordenador. Lo creo así porque el proceso fue lento, tanto que nadie llegó a sospechar las tremendas implicaciones que tendría más adelante. Al principio, fue un virus informático. Uno más de la larga lista de los, aparentemente, creados por hackers nihilistas. El virus destruía toda la información del disco duro. La fundía sin remisión.
Cuando comenzó el terror, en Internet y revistas especializadas se debatía sobre la rebeldía del virus a todos los programas desinfectantes. NO había manera de acabar con él. Poco a poco, paralelamente, se fueron detectando en la población mundial extraños casos de locura total. Los enfermos de ese nuevo síndrome quedaban idiotizados, prácticamente catatónicos. Como si les hubiesen vaciado el cerebro. A nadie se le ocurrió, claro, vincular ambos fenómenos. Hasta que alguien, no recuerdo quien, destacó la extraña casualidad : algunos enfermos estudiados coincidían en tener su ordenador infectado del famoso virus. Nadie dio crédito a la alarmista inducción. Hasta que el fenómeno fue imparable. De nada valió que, aterrados, los usuarios de computadoras apagasen sus equipos. El virus informático asaltó sin piedad todas las redes de comunicación electrónicas. Y desde ellas, a las personas. El mundo entero se volvió loco. La humanidad vagabundeaba fantasmalmente entre el caos. No hubo violencia. Sólo un silencio atroz. UN silencio lleno de espectros balbuceantes. Pocos fuimos los salvados, aquellos que, como yo, vivíamos apartados del fragor urbano y tecnológico. Con nuestros magros conocimientos, poco podemos hacer para invertir la situación del planeta. Ahora, sólo espero, espero.
NO sé si será una alucinación fruto de la soledad, pero ayer vi unas extrañas luces en el cielo.

El tesoro del desierto

Toda su vida, toda la vida dedicada a la búsqueda del secreto. El gran secreto de los hombres del desierto. El ignoto tesoro de la tribu azul. Tantos esfuerzos, viajes, estudios y peligros para, ahora, morir sin haberlo descubierto. La sed ya había dado paso a la agonía. Completamente deshidratado, quemado por el impío sol, ahogado por el denso aire caliente, sin gasolina, ni comida, ni agua, aguardaba tan sólo el olvido definitivo. Arrastrándose por la arena, todos esos pensamientos, entremezclados con la historia de su vida, le mantenían con un hálito de vida. Eso y la visión, ya borrosa, del Jeep, que poco a poco se iba desdibujando en el horizonte que dejaba atrás. Lo curioso es que jamás había llegado a averiguar con exactitud cual era ese arcano tesoro celosamente guardado, durante siglos, por los nómadas del desierto. La ausencia de escritura en esas tribus trashumantes otorgaba todo el poder a la palabra, pasada de generación en generación sin rastro físicos. Esta circunstancia siempre le había fascinado. Sus conjeturas se basaban en pesadas y crípticas conversaciones que, desde su juventud, cuando visitó por primera vez el desierto, había mantenido con sus habitantes. Al parecer, y desde tiempos inmemoriales, se sabía de un tesoro fabuloso escondido en alguna parte de las infinitas y temblorosas arenas. Años dedicados a la investigación de esas fuentes inciertas y multitud de penosos viajes más allá de los confines aconsejados habían fundamentado esperanzas de descubrir lo prohibido. Pero fue una noche de hacía dos años, a la violenta luz de las estrellas, formando parte de una caravana, cuando, al abrigo de una haima, oyó por fin lo que estaba esperando : un punto cardinal, una abstracción geográfica tan solo, pero que era el primer dato que confirmaba sus sospechas. Después, el alcohol impidió más concreción. NO consiguió nada más. Esa información, sin embargo, fue suficiente para ponerse en marcha. Hasta llegar aquí. A la mitad de la nada. Perdido.
Consiguió, por fin, remontar la duna. Atrás, el todo terreno ya había desaparecido. Y lo vio. Sacudió la cabeza. No, no era un espejismo. Allí, a unos pocos metros, medio enterrada en la arena, se dibujaba una losa. Sacando sus últimas fuerzas, se abalanzó sobre ella. Limpió la arena. Destrozándose los dedos, poco a poco fue abriéndola. Se asomó al interior. No vio nada, sólo oscuridad. Tiró un puñado de arena y escucho. Nada. Por fin, decidió arriesgarse ; agarrándose a la abertura, se descolgó : no tocó fondo. Ya no tenía opción. Se descolgó con furia. Fueron sólo dos segundos de incertidumbre y se hundió en el líquido. ¡Agua ! ¡Era agua ! Arriba, la luz se enmarcaba, inalcanzable, en la pequeña abertura. Y se dio cuenta : el gran tesoro del desierto era... ¡el agua ! Debió haberlo sabido.
Murió, entre desencajadas risotadas, ahogado en el tesoro a cuya búsqueda había dedicado la vida entera.

El sofá infinito

Conocí a P. hace unos años, cuando tuve el infortunio de ser ingresado en un centro sanatorial víctima de una depresión aguda. Aunque recuerdo aquel espacio de tiempo como una etapa ciertamente ominosa de mi vida, su quietud, la tranquilidad de sus ojos permanentemente abiertos y el compás sereno de su respiración fueron, acaso, más reconfortantes que el catálogo de pastillas y los pobres y recurrentes recursos verbales con que me acosaba el equipo médico. Sí, P. sufría, según los facultativos, una catatonia irreversible que le había desconectado totalmente de la realidad. P. era, a todos los efectos, un vegetal. A pesar de este terrible diagnóstico, siempre sentí una extraña corriente de comunicación con él; de hecho, incluso podía asegurar que aquel hombre, desactivado de la vida según todos, vivía en su interior algo más de lo que aparentaba. Algunos movimientos imperceptibles; una mirada fugaz; un rictus intencionado.
La mañana de mi alta, después de hacer la maleta, me acerqué a su cama para despedirme. Singularmente lúcido, me indicó con la mirada su mesilla de noche. Abrí el cajón y vi una libreta marrón. La cogí. Vi el asentimiento en sus ojos. Cuando llegué a mi casa, la abrí. Era un diario. P., al parecer, había tenido una vida de lo más normal. Mujer, un hijo, un trabajo administrativo. Seguí adelante. El estilo se hizo más inquietante a medida que iba leyendo la historia, un relato en apariencia vulgar que podría ser el de cualquiera. P. contaba sus eternos fines de semana en el sofá, junto a su mujer, tragando televisión. Sin embargo, pronto empecé a descubrir algo más. P. había desarrollado poco a poco, frente a la pantalla del televisor, una técnica personal para huir de la monotonía que lo circundaba. Primero, como si de una prehipnosis se tratara, vaciaba su mente de todo contenido, ayudado por la simpleza de los programas de tarde. Después, lentamente, iba creando su propio universo desde la nada. Con rara habilidad, aprendió a mantener, paralelamente, conversaciones banales con su mujer. A los pocos meses ya era un experto. Esperaba ansiosamente que llegase el sábado para lanzarse a secretas aventuras que, cada vez, resultaban más vívidas y reales. No le dio importancia a la dificultad creciente para reincorporarse a la otra realidad, la de su casa, la de su familia; al contrario, sin advertirlo, se iba sumergiendo más y más en su realidad, la que el mismo diseñaba en ensueños. Su vida, la del sofá infinito, estaba venciendo sin resistencia. En la última página de aquel diario, su casa y su esposa ya eran fantasía.
Me informé en la clínica del caso. Efectivamente, el ataque le había sorprendido durante un sábado por la tarde, en el sofá, frente al televisor y junto a su mujer.
¿Comprendéis por qué en mi casa no tengo televisor?

El infierno mecánico

A pesar de que la policía, en dos años, no había conseguido sacar nada en limpio, la obsesión por las desapariciones que cada verano ensombrecían la temporada no hacía más que crecer en su cabeza. La suya, sin embargo, era una causa perdida. Oficialmente, el asunto se mantenía casi en secreto, y gracias a una hábil política de los representantes del parque y los políticos locales el impacto entre el gran público era mínimo. Ciertamente, no habían sido tantas las desapariciones denunciadas. Pero sí muy enigmáticas. A lo largo de los últimos dos años, tiempo que llevaba el parque en funcionamiento, sus investigaciones independientes le habían llevado a elaborar una terrible hipótesis: todo parecía ocurrir en el complejo lúdico. Aunque no podía demostrarlo, había descubierto incluso la desaparición de una familia entera. Pero las denuncias que hacía desde el diario local no encontraban eco. Ya se encargaba la policía de refutarlas con dudosas pero efectivas pruebas circunstanciales. De aquella familia, dijeron que ni tan sólo había estado allí. Y, de todos modos, el éxito del parque era incontestable. Especialmente los mundos de autómatas que escenificaban batallas de piratas, bosques encantados y guerras galácticas. Estas atracciones habían sido las primeras en usar muñecos animados con inteligencia artificial. Su realismo era sorprendente. Las colas para admirarlos, fantásticas. Incluso a él le fascinaba la extraña perfección de sus movimientos.
Aquella mañana, cuando se levantó, decidió que debía investigar dentro de los mundos. Quizás fuese en las tripas del parque donde encontrase la clave del misterio. Tras comerse un montón de colas y varios viajes con las vagonetas, descubrió lo que parecía una puerta detrás del castillo caribeño de los filibusteros. Tuvo que esperar casi la hora del cierre para lograr montar sólo en uno de los vehículos desde los que se disfrutaba del espectáculo. Al llegar a la zona de los bucaneros, aprovechando una curva a baja velocidad, saltó y se ocultó tras una animada taberna portuaria. Aguardó en silencio, rodeado de autómatas borrachos, que pasara todo el convoy. Cuando se apagaron las luces, corrió hacia la puerta y la abrió.
Despertó de la inconcreta pesadilla y abrió los ojos dolorosamente. Estaba inmovilizado, rodeado de cartón piedra y frente a un fiero corsario que le apuntaba con un trabuco. El disparo le deslumbró y el picante olor de la pólvora le ahogó. Cuando el humo desapareció, vio, más allá, una vagoneta llena de niños que le señalaban y se reían...

El árbol de Navidad

Caminando bajo la lluvia, con la ropa y los zapatos completamente empapados, se refugió en remotos pensamientos. Todavía le quedaba un buen trecho para llegar a su casa, y la reflexión era el único paraguas que tenía contra los elementos. Hacía frío ; las gotas de agua ya habían traspasado la camisa, mojando en helados chorretones su aterido cuerpo. Y, no obstante, su paso era cada vez más lento y parsimonioso. NO quería llegar a su casa; no quería enfrentarse a su familia, su mujer y sus dos hijos, de esta manera. Nochebuena, y nada que ofrecer. Ningún regalo. Hacía casi un año que estaba en el paro, y cada día que pasaba la situación era más insostenible. Lo había intentado todo sin resultado. Ese día, había decidido comerse la vergüenza y conseguir algo de dinero limpiando parabrisas en algún cruce céntrico. Pero su fatal destino había decidido lluvia. ¡Cómo se había tragado las sonrisas conmiserativas de los conductores! Después, había dado vueltas por la ciudad como un sonámbulo, buscando inútilmente algún anuncio de empleo. Su obsesión era conseguir un poco de dinero para regalarle algo a su mujer y sus hijos. Nada. Tras la desesperación, había pasado por la esperanza del milagro. Pero nadie, en las puertas de las tiendas en las que había hecho guardia, había resultado ser un duende maravilloso. El regreso a casa, con la lluvia pisando su dignidad, estaba siendo el final infeliz de una historia que se desarrollaba en blanco y negro. En negro.
Dobló la esquina y divisó su edificio. Intentó descubrir cual era su ventana; pero la lluvia, que cada vez caía más espesa, le impedía fijar la mirada. Frente a la construcción, brillaba el gigantesco árbol de Navidad que cada año instalaba el ayuntamiento. Sin saber que hacer, se dirigió a uno de los bancos y se sentó. Ni notó la humedad en el pantalón. Mirando fijamente las luces, borrosas por la lluvia, recordó que de pequeño siempre había fantaseado con los regalos que colgaban de los árboles públicos. Aunque le habían asegurado que eran paquetes vacíos, llenos de papeles, él siempre había sospechado que dentro de las brillantes cajas debía haber algo. Algo maravilloso. Una vez, estuvo a punto de abrir uno de ellos, pero un guardia lo echó a empellones. ¿Y si... ? Con los ojos extraviados y un extraño calor en su estómago, se acercó al árbol. Temblando, acercó sus manos a un paquete rojo que colgaba de la rama más baja. El papel, totalmente mojado, se deshizo en sus manos. Abrió lentamente la caja y, de repente, las luces parpadearon con más fuerza y dejó de sentir la lluvia.

No me olvides

“¡La memoria es la cárcel de nuestra infelicidad!”, chilló apasionadamente Gonzalo. El grito me hizo levantar los ojos, hipnóticamente fijados en su dry martini peligrosamente inclinado, con sorpresa. “Si pudiéramos liberarnos de ella”, continuó con vehemencia, “no habría obstáculos para vivir plenamente y llegar a ser felices sin la pesada carga de los recuerdos”. El chorrito de martini que cayó inevitablemente sobre sus pantalones le hizo cortar el discurso bruscamente. Ni se fijó en las risas de los demás. Como cada noche, Gonzalo y sus fanatismos efímeros eran el eje de las conversaciones y las polémicas que acompañaban nuestras copas en el Dry Martini. Pero nadie se quejaba: gracias a sus osadas y muchas veces delirantes teorías, el entretenimiento y la discusión estaban asegurados hasta altas horas. Aquella noche, sin embargo, capté en él un énfasis especial; una elaboración sofisticada más allá de lo que, habitualmente, no pasaba de ingeniosa boutade.
No volvió a proponer el tema hasta varias noches después. Ibamos a tres martinis por hora y eran las dos de la madrugada. El ambiente estaba suficientemente caliente y denso para que Gonzalo volviera a la carga. A pesar de que le noté un tanto ausente durante toda la velada, sus ojos volvieron a brillar con ferocidad cuando alguien, no recuerdo quien, brindó por los viejos tiempos. Fue como si se le hubiese disparado un resorte invisible. “¡Yo no levanto mi copa por eso!”, dijo con una cierta brutalidad que nos sorprendió, “porque el pasado, amigos míos, no existe. EL pasado ya fue; el futuro lo desconocemos. Por tanto, sólo tenemos certeza de la existencia del presente. Brindo por ello; por ahora mismo”. Nos miramos todos con una sonrisa displicente y brindamos. Al fin y al cabo, qué importaba. Gonzalo, atacado de nuevo, regresó a su verborrea habitual. “¿No os dais cuenta de que la memoria, los recuerdos, son el lastre que nos impide subir hasta la auténtica pureza? Sin esas servidumbres que nos atan al pasado podríamos renacer cada segundo como seres nuevos; podríamos estrenarnos constantemente, libres de culpas, condicionamientos y estúpidas alegrías deformadas por el tiempo. Lo importante es poder disfrutar de lo instantáneo sin limitaciones ni adjetivaciones. Sin miedos ni circunstancias preconcebidas. ¿No lo veis? Se trata de empezar de nuevo cada momento, limpios de mente y dispuestos a la sorpresa real”. Aunque en ese momento pedimos otra ronda, Gonzalo, que ya exhibía una mirada neblinosa y lejana, se disculpó y, sin mucha ceremonia, abandonó el local. Nos quedamos un tanto atónitos. Ese no era su estilo. Agotamos la madrugada intentando comprender ese repentino cambio en nuestro amigo. Como siempre, llegamos a la conclusión de que sus disparatadas creencias le habían trastornado levemente. Solía ocurrirle. Hasta que descubría un nuevo filón dialéctico donde agarrarse. Así y todo...
Curiosamente, tras ese episodio, Gonzalo estuvo varias noches sin acudir a la tertulia del Dry. ¿Se habría molestado con nosotros? Volví a verle al cabo de unas semanas, a primeras horas de la noche. Los demás todavía no habían llegado. Creo recordar que esa noche había fútbol en la tele. SE acercó a la barra con extraño sigilo y se sentó a mi lado. Estaba raro, como remoto. Todavía puedo sentir su extraña y extraviada mirada mientras, con cierta dificultad, ordenaba su acostumbrado martini al barman. Me pareció que no deseaba hablar. Con una anómala sensación en el estómago, apuré mi copa en silencio. Fue entonces cuando me cogió del brazo y pude sentir su desasosiego. Sus manos temblaban febrilmente. Bebió un largo trago y habló. “Creo que lo estoy consiguiendo”, comenzó sin preámbulos, “estoy logrando empezar a desprogramar mi memoria hasta llevarla a su estado inicial. ¿Sabes?”, continuó, “llevo varias semanas trabajando con técnicas de autolavado selectivo del cerebro y creo que voy a tener éxito”. SE quedó observándome con la copa en la mano sin decir nada más. De súbito, se levantó violentamente y se fue. Me quedé allí, mirando el vacío que había dejado Gonzalo, completamente confuso. Sentí incluso un atisbo de terror. Esta vez Gonzalo corría peligro. Su teoría, pensé, podría no tener retorno.
Todos mis temores se acrecentaron en vista de su desaparición las siguientes semanas. Nadie sabía de él. Su móvil estaba desconectado. En su casa no contestaba. No pisó más las noches del Dry Martini.
Volví a encontrarle de casualidad. Esa fue la penúltima vez que le vi. Iba paseando por las Ramblas y le intuí entre los transeúntes. Avanzaba lentamente delante de mí y, desde atrás, le abordé. Iba dejado y sucio. Se puso muy nervioso cuando me vio frente a él. No dijo nada; se zafó violentamente de mi mano y desapareció entre la multitud. Creo que ni tan siquiera me reconoció.
Aquella noche, en el Dry, Gonzalo, ausente, fue el centro de nuestra conversación. ¿Se estaba volviendo loco? ¿Tenía problemas personales? Nadie, no obstante, creyó mi terrible teoría. Yo estaba convencido de que Gonzalo se había lanzado al abismo de sus propias y dislocadas ideas. Gonzalo, aduje muy a pesar mío, ya era el olvido.
Pasaron las semanas y los meses. Todos, en mayor o menor medida, nos fuimos desprendiendo de su recuerdo. Hasta que, un frío y lluvioso atardecer de febrero, cuando llegué al Dry, el barman, muy excitado, me confió que Gonzalo había estado allí. “Se ha marchado no hace más de media hora”, dijo. Al parecer, había entrado directo a la barra y se había quedado en silencio ante el camarero, que le preguntó inútilmente que quería para beber. Me quedé pensativo. Evidentemente, había olvidado hasta su copa favorita, el dry martini.
El día siguiente, al mediodía, sonó mi teléfono móvil. Era la policía. Sentí que el corazón se me aceleraba sin control. Le habían encontrado en la habitación de una pensión de Ciutat Vella, con un tiro en la sien y frente a un espejo. Como Larra. Sólo conservaba una vieja agenda, en donde habían hallado mi número de teléfono.
Más tarde, frente a su cadáver tendido en el mármol del depósito, lloré. Una conversación, una pasión de café habían acabado con la vida de mi amigo. Pensé en que la tarde anterior habíamos estado a punto de encontrarnos en el Dry. Quizás si... Y entonces supe de golpe la terrible verdad: no se había suicidado, como sostenía la policía; había asesinado a alguien que no conocía. A un completo desconocido. Delante del espejo de aquella pensión, a Gonzalo no le debió gustar lo que vio.

Demasiado tarde

Hacía frío, aquel día de principios de noviembre. Rosa sonrió al verle entrar por la puerta de la oficina, con el paso cansino de siempre y la esperanza chispeando morosamente en sus ojos. “A ver si hoy hay suerte”, pensó él. Sí, quizás esta vez habría suerte. SE acercó a la ventanilla de Rosa mientras se le iban acelerando suavemente las pulsaciones. Tras la conversación banal de siempre, sin embargo, la realidad le devolvió al abatimiento. No, no había nada para él. En su cabeza ya no había lugar para la desesperación; estaba por encima de ella. Además, Rosa, eso le constaba, hacía todo lo que podía. Le gustaba Rosa. Pero qué podía hacer un hombre en paro de larga duración. Nada. Nunca se había atrevido a insinuarse. ¿Qué le hubiese podido proponer? Arrastrando los pies y con el corazón al ralentí, cruzó de nuevo la puerta de la oficina del INEM. Como cada día, se dirigió a la placita para descansar en su banco favorito. UN largo día sin nada que hacer ni sitio donde ir. Bebió agua de la fuente pública y se desparramó en el banco.
Rosa le sorprendió al mediodía dormitando todavía en el banco. Era la primera vez que se encontraban fuera de la oficina. Sin saber como, se vio comiendo con ella en una casa de comidas cercana. Y no fue una invitación piadosa. Por la noche se encontraron de nuevo en casa de ella. Al día siguiente, el padre de Rosa le ofreció un trabajo en su almacén. No era mucho, pero a los tres meses su vida había cambiado. Su relación con Rosa iba viento en popa, tanto que antes de un año ya se habían casado. Él seguía progresando en el almacén, lo que les permitió meterse en la hipoteca de un pisito. A los tres años nació su primer hijo. A los cinco completaron la pareja. Cuando murió el padre de Rosa, se hizo cargo del almacén, y en poco tiempo, con mucho trabajo y la ayuda de ella, el negocio prosperó y se expandió.
Habían pasado 40 años desde aquella mañana de noviembre. El día que los dos celebraban como aniversario. Decidió, antes de ir a su despacho, pasarse por el centro y comprarle algo a Rosa. En el camino, se demoró para revisitar la oficina del INEM y la placita una vez más, como tantas veces había hecho en los últimos años. Esta vez, sin embargo, quiso sentir la vieja sensación del banco. Aparcó el coche, se acercó a la fuente, bebió un sorbo de agua y se sentó en el banco.
Aunque el sol del mediodía brillaba en el cielo, hacía frío aquel día de principios de noviembre. AL salir de la oficina para dirigirse al bar de al lado, Rosa observó una delgada figura tirada en el banco de la placita de en frente. “Debe ser él”, pensó. “¿Y si le invitase a comer”?, se dijo mientras se inundaba de una rara sensación. SE acercó al banco casi con precipitación, pero fue demasiado tarde. No hubo manera de despertarle. Había muerto con la sonrisa de siempre en el rostro.
La autopsia resultó sorprendente: había fallecido de muerte natural. De viejo.

Tras las geometrías

Aunque tuvo que dejar sus estudios de arquitectura por prescripción psiquiátrica hacía ya unos años, su pasión por la misma no había dejado de crecer. Bien, pasión, en su caso, era sólo un término eufemístico. Lo suyo iba más allá. Su fiebre mental le había hecho diseñar una extraña teoría que otorgaba a determinadas y, claro, todavía ignotas formas espaciales, la fórmula geométrica mágica de la iluminación total, lo que él consideraba el umbral del conocimiento infinito, la felicidad total. Se trasladó a Wolsfburg por razones obvias. En esta peculiar ciudad adivinó las posibles claves de un encuentro acaso imposible pero arrebatadoramente anhelado en sus más disparatados pensamientos. Allí el oscuro Hitler diseñó, con el arquitecto austriaco Peter Koller, un extraño y hoy todavía sugerente urbanismo, separando la seminal fábrica Volkswagen de la ciudad a través del canal. Singulares, siguen en pie obras otoñales de Aaalto o Scharoun.
Allí, ahora mismo, se erige Autostadt, un espectacular parque temático de la conocida marca automovilística que ha convertido la urbe en mucho más que una ciudad dormitorio para los operarios. Gracias a la audaz arquitectura implementada allí, Wolfsburg es actualmente un brillante catálogo de nuevas formas, extraños perfiles, vertiginosos espacios. Allá, en los límites de las leyes físicas, desafiando la gravedad con insólitos cementos autocompactantes, el museo de la ciencia de Zaha Hadid.
Aquí, y esa era la principal razón de su peregrinación, el Anan, un dislocado edificio en trompe l’oeil geométrico que contiene un noodle bar japonés, un trozo, pensó al verlo, del más contemporáneo fragor urbano que mueve Tokio. Markus Schaefer e Hiromi Hosoya, los arquitectos responsables del proyecto, acababan de ganar por el mismo el Special Award “New Generation” en el Contractworld Awards 2008. Y él ya había soñado, antes de la visita que estaba a punto de comenzar, que el interiorismo del restaurante podía poseer el cálculo final de su desesperada búsqueda por la verdad absoluta a través de volumetrías pretendidamente divinas.
Penetró en el local. Las distorsionadas formas hexagonales en que se dividía el espacio, creando desde el suelo y hasta el techo raros compartimentos habitados ya por mesas, ya por barras, ya por máquinas, hicieron revolver sus canales semicirculares. Sintió vértigo y soñó con las precisas formas requeridas para desembrollar la inquietante paradoja de Banach-Tarski. Pero había más… Esas celdas de inauditas formas, donde se adivinaba un algoritmo subyacente que conseguía minimizar el número de ángulos (¡de hecho sólo pudo ver dos distintos!), transparentes pero cubiertas de formas gráficas creadas por jóvenes diseñadores nipones, lo llevaban a una percepción espacial peculiarmente heterogénea y sugestiva. Las tiras de luz hexagonales parecían juntarse en un infinito cercano, y el conjunto se le antojó tan críptico como las franjas del tigre que escondían el secreto en el cuento de Borges.
Se pidió unos gruesos noodles de trigo. La gastronomía japonesa, minimalista, esencial, casi mística en sus tratamientos y sus cocciones, siempre le había parecido fascinante. Para él, también podía poseer la solución al enigma que le consumía. Sí, había caminado por las diferentes bifurcaciones que la cocina contemporánea ofrecía. Desde los rituales nipones hasta las tecnoemociones de Adrià o Blumenthal. Siempre en pos de un signo, una señal…
Entonces miró su plato. Quedaban unos cuantos noodles caprichosos. Se le aceleró el corazón: en su forma aleatoria, locamente, creyó ver por fin el anagrama terminal…
De repente sintió que el aire se movía. Las partículas que lo rodeaban se magnetizaban. Hubo una vibración en su visual, y la realidad se desajustó como perdiendo la señal. Los hexágonos, los colores y las líneas perdieron registro y convergieron en una imposible escenificación de topologías exóticas y geometrías no euclidianas; los peces sintéticos en 3D de la pecera digital situada en la entrada del bar empezaron a surgir de sus pantallas despidiendo electrones en cámara lenta; los gráficos y las imágenes se confundieron en una volumetría imposible…
Se hizo el silencio de nuevo. Volvió a mirar el plato de noodles que tenía delante. En su fondo, ningún símbolo, sólo algunos fideos desordenados.
Y sintió la paz. Salió del Anan al claro y frío día y respiró por primera vez en libertad. Cogió su viejo “beatle”, engranó la primera marcha y aceleró en dirección desconocida.
Supo entonces que la felicidad no se esconde en sombríos arcanos, sino en la belleza sencilla de las cosas. En una sonrisa fugaz, en un rayo de luz sobre el cemento, en una elegante forma alabeada, en un osado voladizo…

El plan

Sudoroso y exahusto, se dió la vuelta en la oscuridad húmeda de la cama. Sintió su pene, aun duro, mientras las últimas gotas de semen se derramaban pegajosamente debajo suyo. Ella era la única mujer que le hacia sentir en toda su intensidad pirotécnica el brutal fogonazo del orgasmo. Se durmió con una sonrisa mientras repasaba por última vez todos los detalles del plan. La asesinaria al amanecer.

La caida

Tras derrapar violentamente, el coche, descontrolado, se deslizó irremisiblemente hacia el borde del tremendo precipicio. Sintió el horror indescriptible, fantástico, de la fatal atracción del abismo cuando las ruedas de atras perdieron el último apoyo con suelo firme. Y, de repente, el tiempo se detuvo. Sólo su mente siguió precitándose a un vacío irreal. Sintió el sabor salado de la sangre en su boca; la lucha perdida de sus globos oculares contra la implosión. Supo en aquel momento dilatado que su infierno sería una caida eterna, atrozmente hiperreal, hacia la nada sin fin.

Muerte trivial

Fue como un juego de niños. Tan fácil como conseguir el "quesito" de geografía en el estúpido "Trivial Pursuit". Miró atrás dentro de su memoria. No se sorprendió por la futilidad de su existencia. Consultó su agenda del día: vacía, a excepción de una cita, tachada pulcramente, con un cliente arrepentido. Se arrojó por la ventana del piso 20 sin ninguna duda razonable.

Abracadabra

El niño había salido un pelín rarito, es cierto. Pero sus padres, la típica pareja de yuppies compulsivos, con dos trabajos corporativos de responsabilidad, dos sueldos de altos ejecutivos y poco tiempo para perder en asuntos familiares, tampoco ayudaron. Y, claro, el niño, en manos de canguros muy pijas pero poco interesadas en su educación, fue pasando sus primeros años en la soledad de su habitación, eso sí, siempre llena de los más vanguardistas y complejos juguetes electrónicos traídos de las mejores tiendas de Londres y Nueva York. A los tres años y medio el chavalín ya era todo un fiera con la electrónica. Quiero decir que, poco a poco, despanzurrando robots, coches teledirigidos, pistolas láser y ordenadores sencillos, el crío había empezado a armar nuevas estructuras que completaba con diversas piezas de juegos de construcción y elementos que pillaba por la casa. Sus padres empezaron a desesperarse, no sólo por lo poco que duraban los trastos en las manos del chaval, sino por el auténtico cementerio industrial en que había convertido su armario, lleno de restos inservibles de las entrañas de los juguetes que transformaba. La simple desesperación doméstica, sin embargo, dio paso, un año más tarde, a una creciente preocupación por el futuro mental de su retoño. En el colegio, no avanzaba. Y su lenguaje, poco a poco, fue tornándose en una extraña jerga que, al parecer, había ido inventando durante sus extraños juegos de ingeniería lúdica. El dichoso niñito siempre estaba en las nubes. Las visitas periódicas a un psicólogo de pago no mejoraron la cosa. “El niño tiene un mundo interior muy intrincado, muy extraño... no llego a desentrañarlo”, había concluido el buen doctor.
A principios del quinto año la cosa llegó a extremos alarmantes. El criajo hablaba solo, se pasaba todo el tiempo con sus artefactos y su exótica jerigonza ya no recordaba a ninguno de los idiomas clásicos. Y un día sucedió lo inevitable: su padre, alarmado por los gritos provenientes de la habitación de juegos, se levantó del sillón de diseño, corrió con disgusto el pasillo, abrió la puerta y... Sólo tuvo tiempo de articular un grito cuando vio a su hijo desvanecerse, frente a una inexplicable construcción rematada por una especie de antena parabólica de pega, en mitad de una vertiginosa vibración del espacio-tiempo.