lunes, 11 de enero de 2010

Al principio fue un virus

A estas alturas, nadie sabe como pudo empezar. En los días de la Catástrofe, cuando la situación no parecía todavía irreversible, se llegó a hablar de alguna extraña invasión alienígena. Pero los hechos se precipitaron, más allá de las explicaciones, irrefutablemente, en pocas semanas. Hasta llegar a estos momentos, a la Época del Gran Vacío. Somos muy pocos los que todavía podemos recordar, intentar explicar. Comunicar. Y todo se hace, cada día que pasa, más y más complejo. Eliminadas todas las formas de comunicación electrónica, nos quedan tan sólo los recursos del pasado. He podido contactar con algunos auténticos, pero de manera harto dificultosa. Además, la gran parte de los que han quedado inmunes al virus son gente sin ningún conocimiento, ermitaños, outsiders, marginados, reliquias de otros tiempos.
Todo empezó, supongo, en un ordenador. Lo creo así porque el proceso fue lento, tanto que nadie llegó a sospechar las tremendas implicaciones que tendría más adelante. Al principio, fue un virus informático. Uno más de la larga lista de los, aparentemente, creados por hackers nihilistas. El virus destruía toda la información del disco duro. La fundía sin remisión.
Cuando comenzó el terror, en Internet y revistas especializadas se debatía sobre la rebeldía del virus a todos los programas desinfectantes. NO había manera de acabar con él. Poco a poco, paralelamente, se fueron detectando en la población mundial extraños casos de locura total. Los enfermos de ese nuevo síndrome quedaban idiotizados, prácticamente catatónicos. Como si les hubiesen vaciado el cerebro. A nadie se le ocurrió, claro, vincular ambos fenómenos. Hasta que alguien, no recuerdo quien, destacó la extraña casualidad : algunos enfermos estudiados coincidían en tener su ordenador infectado del famoso virus. Nadie dio crédito a la alarmista inducción. Hasta que el fenómeno fue imparable. De nada valió que, aterrados, los usuarios de computadoras apagasen sus equipos. El virus informático asaltó sin piedad todas las redes de comunicación electrónicas. Y desde ellas, a las personas. El mundo entero se volvió loco. La humanidad vagabundeaba fantasmalmente entre el caos. No hubo violencia. Sólo un silencio atroz. UN silencio lleno de espectros balbuceantes. Pocos fuimos los salvados, aquellos que, como yo, vivíamos apartados del fragor urbano y tecnológico. Con nuestros magros conocimientos, poco podemos hacer para invertir la situación del planeta. Ahora, sólo espero, espero.
NO sé si será una alucinación fruto de la soledad, pero ayer vi unas extrañas luces en el cielo.

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