lunes, 11 de enero de 2010

El árbol de Navidad

Caminando bajo la lluvia, con la ropa y los zapatos completamente empapados, se refugió en remotos pensamientos. Todavía le quedaba un buen trecho para llegar a su casa, y la reflexión era el único paraguas que tenía contra los elementos. Hacía frío ; las gotas de agua ya habían traspasado la camisa, mojando en helados chorretones su aterido cuerpo. Y, no obstante, su paso era cada vez más lento y parsimonioso. NO quería llegar a su casa; no quería enfrentarse a su familia, su mujer y sus dos hijos, de esta manera. Nochebuena, y nada que ofrecer. Ningún regalo. Hacía casi un año que estaba en el paro, y cada día que pasaba la situación era más insostenible. Lo había intentado todo sin resultado. Ese día, había decidido comerse la vergüenza y conseguir algo de dinero limpiando parabrisas en algún cruce céntrico. Pero su fatal destino había decidido lluvia. ¡Cómo se había tragado las sonrisas conmiserativas de los conductores! Después, había dado vueltas por la ciudad como un sonámbulo, buscando inútilmente algún anuncio de empleo. Su obsesión era conseguir un poco de dinero para regalarle algo a su mujer y sus hijos. Nada. Tras la desesperación, había pasado por la esperanza del milagro. Pero nadie, en las puertas de las tiendas en las que había hecho guardia, había resultado ser un duende maravilloso. El regreso a casa, con la lluvia pisando su dignidad, estaba siendo el final infeliz de una historia que se desarrollaba en blanco y negro. En negro.
Dobló la esquina y divisó su edificio. Intentó descubrir cual era su ventana; pero la lluvia, que cada vez caía más espesa, le impedía fijar la mirada. Frente a la construcción, brillaba el gigantesco árbol de Navidad que cada año instalaba el ayuntamiento. Sin saber que hacer, se dirigió a uno de los bancos y se sentó. Ni notó la humedad en el pantalón. Mirando fijamente las luces, borrosas por la lluvia, recordó que de pequeño siempre había fantaseado con los regalos que colgaban de los árboles públicos. Aunque le habían asegurado que eran paquetes vacíos, llenos de papeles, él siempre había sospechado que dentro de las brillantes cajas debía haber algo. Algo maravilloso. Una vez, estuvo a punto de abrir uno de ellos, pero un guardia lo echó a empellones. ¿Y si... ? Con los ojos extraviados y un extraño calor en su estómago, se acercó al árbol. Temblando, acercó sus manos a un paquete rojo que colgaba de la rama más baja. El papel, totalmente mojado, se deshizo en sus manos. Abrió lentamente la caja y, de repente, las luces parpadearon con más fuerza y dejó de sentir la lluvia.

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