lunes, 11 de enero de 2010

El hombre que decía la verdad

Súbitamente, despertó. Con una insólita sensación de claridad, miró extrañado el despertador: las agujas fosforecían en las seis en punto de la mañana. Increíble. A esas horas y despierto. Pero había otra cosa; esa extraña percepción de que algo no estaba en su sitio; una ominosa impresión de cambio en su personalidad, de sentirse diferente, "otro". Perplejo ante aquella catástrofe que modificaba radicalmente su costumbre de pegarse al colchón hasta las 10 de la mañana, decidió dilatarse en el baño y prepararse un desayuno con de todo. Poco antes de las ocho, peinado y oliendo a colonia, bajó al parquing, se subió al coche y aceleró hacia el diario, donde, pensó sonriendo, nadie daría crédito a ver al subdirector en el mismo horario que las señoras de la limpieza. Durante el consejo de redacción, volvió a sentir aquella impresión de otredad que le asaltara de madrugada. ¿Por qué habló de aquel asunto que hasta entonces había mentenido en el secreto que merece lo políticamente incorrecto? Y, sin embargo, eso había que publicarlo. Lo sabía de primera mano: un importante político tenía una amante a la que había favorecido, mediante contratos manipulados, en asuntos muy delicados. A pesar de, primero, la sorpresa, y, después, la prohibición expresa del director, vendido al poder, a últimas horas cambió la apertura de la página y coló la información. Tras salir de la redacción, muy tarde, se acercó a su disco bar habitual. Allí estaba Elena, su novieta, esperándole. Sin saber como, se descubrió a sí mismo contándole como se lo había hecho con dos de sus mejores amigas. Además, siguió, estaba con ella sólo para pasar el rato. La pobre chica, aturdida y llorosa, se fue corriendo del local. Aquella misma noche decidió contarle a su íntimo amigo una vieja traición y, en otro arrebato de inexplicable e imparable sinceridad, descubrirle un jugada vil a un empresario colega de barra terminal.
Por la la mañana, en el diario, era el caos. Fue destituido fulminantemente y desterrado a sociedad. Allí, durante las siguientes semanas, desveló engaños entre la jet set local, denunció escándalos y escribió terribles verdades que convulsionaron a propios y extraños. Cuando delató a dos de sus compañeros, que cobraban por ciertas informaciones sesgadas, empezó su declive final. Fue expedientado y, a la postre, despedido. Intentó, valiéndose de su anterior prestigio, empezar de nuevo en diversas publicaciones, pero su incontrolable pulsión por contar la verdad lo convirtió en persona non grata en toda la ciudad. Pronto comenzó a ser visto solo, cada vez con peor aspecto e incluso intentando dar sablazos a sus conocidos. Sin amigos, ni conocidos, ni mujer, ni trabajo, desapareció al fin en el anónimo fragor metropolitano.
La otra tarde me lo encontré, limpiando parabrisas en la Diagonal. Con su vieja sonrisa, se acercó. "¿Cómo te va?", me espetó, "¿Sabes? El otro día vi pasar a tu mujer, y recordé algo inconfesable sobre ella que deberías saber... No te lo vas a creer, pero..."
Con el semáforo todavía en rojo, pisé el pedal y huí de allí sin mirar atrás.

1 comentario:

  1. Mi bisabuela era de Logroño, antes no se hablaba de La Rioja si no era para referirse a los vinos, ella era sólo de Logroño y siempre tenía el "oño" en los labios. Se integró muy bien en Catalunya, quizás por eso del "renec català", le gustaba usar palabras malsonantes, eludir adrede los eufemismos y abusar(?) de su osada, y para mí conmovedora sinceridad. Si le fue bien en la vida, eso ya es "harina de otro costal". Tuve la fortuna de conocerla gracias a mi genética materna, que me ha hecho gozar muchos años de algunas personas relevantes de mi vida, y abrigar la ilusión que yo también tendré una vida larga...aunque la verdad es que mi padre murió joven y a menudo los genes se heredan del progenitor que tiene el sexo opuesto al tuyo... Bueno, el caso es que, como el personaje de tu cuento Xavier, cojonudo, como todos los que he ido leyendo hasta ahora, mi bisabuela era de las que iban con la verdad por delante. Tu periodista acaba perdiendo el norte y cualquier chisme le parece digno de ser destapado y esta actitud suya tiene unas consecuencias nefastas, pero en el fondo, todos tenemos que ser discretos alguna vez y guardar secretos que en el fondo de nuestra alma se debaten por salir a la luz y es nuestra consciencia quien los aplaca a copia de sentido común, sensatez...represión al fin y al cabo. Felicidades por poner, una vez más, el dedo en la llaga, leerte siempre es un placer que comporta además un ejercicio filosófico. Te dejo la frase favorita de mi bisabuela "si se pudiera hablar y echar la lengua a los perros..."

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