lunes, 11 de enero de 2010

El infierno mecánico

A pesar de que la policía, en dos años, no había conseguido sacar nada en limpio, la obsesión por las desapariciones que cada verano ensombrecían la temporada no hacía más que crecer en su cabeza. La suya, sin embargo, era una causa perdida. Oficialmente, el asunto se mantenía casi en secreto, y gracias a una hábil política de los representantes del parque y los políticos locales el impacto entre el gran público era mínimo. Ciertamente, no habían sido tantas las desapariciones denunciadas. Pero sí muy enigmáticas. A lo largo de los últimos dos años, tiempo que llevaba el parque en funcionamiento, sus investigaciones independientes le habían llevado a elaborar una terrible hipótesis: todo parecía ocurrir en el complejo lúdico. Aunque no podía demostrarlo, había descubierto incluso la desaparición de una familia entera. Pero las denuncias que hacía desde el diario local no encontraban eco. Ya se encargaba la policía de refutarlas con dudosas pero efectivas pruebas circunstanciales. De aquella familia, dijeron que ni tan sólo había estado allí. Y, de todos modos, el éxito del parque era incontestable. Especialmente los mundos de autómatas que escenificaban batallas de piratas, bosques encantados y guerras galácticas. Estas atracciones habían sido las primeras en usar muñecos animados con inteligencia artificial. Su realismo era sorprendente. Las colas para admirarlos, fantásticas. Incluso a él le fascinaba la extraña perfección de sus movimientos.
Aquella mañana, cuando se levantó, decidió que debía investigar dentro de los mundos. Quizás fuese en las tripas del parque donde encontrase la clave del misterio. Tras comerse un montón de colas y varios viajes con las vagonetas, descubrió lo que parecía una puerta detrás del castillo caribeño de los filibusteros. Tuvo que esperar casi la hora del cierre para lograr montar sólo en uno de los vehículos desde los que se disfrutaba del espectáculo. Al llegar a la zona de los bucaneros, aprovechando una curva a baja velocidad, saltó y se ocultó tras una animada taberna portuaria. Aguardó en silencio, rodeado de autómatas borrachos, que pasara todo el convoy. Cuando se apagaron las luces, corrió hacia la puerta y la abrió.
Despertó de la inconcreta pesadilla y abrió los ojos dolorosamente. Estaba inmovilizado, rodeado de cartón piedra y frente a un fiero corsario que le apuntaba con un trabuco. El disparo le deslumbró y el picante olor de la pólvora le ahogó. Cuando el humo desapareció, vio, más allá, una vagoneta llena de niños que le señalaban y se reían...

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