lunes, 11 de enero de 2010

El sofá infinito

Conocí a P. hace unos años, cuando tuve el infortunio de ser ingresado en un centro sanatorial víctima de una depresión aguda. Aunque recuerdo aquel espacio de tiempo como una etapa ciertamente ominosa de mi vida, su quietud, la tranquilidad de sus ojos permanentemente abiertos y el compás sereno de su respiración fueron, acaso, más reconfortantes que el catálogo de pastillas y los pobres y recurrentes recursos verbales con que me acosaba el equipo médico. Sí, P. sufría, según los facultativos, una catatonia irreversible que le había desconectado totalmente de la realidad. P. era, a todos los efectos, un vegetal. A pesar de este terrible diagnóstico, siempre sentí una extraña corriente de comunicación con él; de hecho, incluso podía asegurar que aquel hombre, desactivado de la vida según todos, vivía en su interior algo más de lo que aparentaba. Algunos movimientos imperceptibles; una mirada fugaz; un rictus intencionado.
La mañana de mi alta, después de hacer la maleta, me acerqué a su cama para despedirme. Singularmente lúcido, me indicó con la mirada su mesilla de noche. Abrí el cajón y vi una libreta marrón. La cogí. Vi el asentimiento en sus ojos. Cuando llegué a mi casa, la abrí. Era un diario. P., al parecer, había tenido una vida de lo más normal. Mujer, un hijo, un trabajo administrativo. Seguí adelante. El estilo se hizo más inquietante a medida que iba leyendo la historia, un relato en apariencia vulgar que podría ser el de cualquiera. P. contaba sus eternos fines de semana en el sofá, junto a su mujer, tragando televisión. Sin embargo, pronto empecé a descubrir algo más. P. había desarrollado poco a poco, frente a la pantalla del televisor, una técnica personal para huir de la monotonía que lo circundaba. Primero, como si de una prehipnosis se tratara, vaciaba su mente de todo contenido, ayudado por la simpleza de los programas de tarde. Después, lentamente, iba creando su propio universo desde la nada. Con rara habilidad, aprendió a mantener, paralelamente, conversaciones banales con su mujer. A los pocos meses ya era un experto. Esperaba ansiosamente que llegase el sábado para lanzarse a secretas aventuras que, cada vez, resultaban más vívidas y reales. No le dio importancia a la dificultad creciente para reincorporarse a la otra realidad, la de su casa, la de su familia; al contrario, sin advertirlo, se iba sumergiendo más y más en su realidad, la que el mismo diseñaba en ensueños. Su vida, la del sofá infinito, estaba venciendo sin resistencia. En la última página de aquel diario, su casa y su esposa ya eran fantasía.
Me informé en la clínica del caso. Efectivamente, el ataque le había sorprendido durante un sábado por la tarde, en el sofá, frente al televisor y junto a su mujer.
¿Comprendéis por qué en mi casa no tengo televisor?

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