lunes, 11 de enero de 2010

El tesoro del desierto

Toda su vida, toda la vida dedicada a la búsqueda del secreto. El gran secreto de los hombres del desierto. El ignoto tesoro de la tribu azul. Tantos esfuerzos, viajes, estudios y peligros para, ahora, morir sin haberlo descubierto. La sed ya había dado paso a la agonía. Completamente deshidratado, quemado por el impío sol, ahogado por el denso aire caliente, sin gasolina, ni comida, ni agua, aguardaba tan sólo el olvido definitivo. Arrastrándose por la arena, todos esos pensamientos, entremezclados con la historia de su vida, le mantenían con un hálito de vida. Eso y la visión, ya borrosa, del Jeep, que poco a poco se iba desdibujando en el horizonte que dejaba atrás. Lo curioso es que jamás había llegado a averiguar con exactitud cual era ese arcano tesoro celosamente guardado, durante siglos, por los nómadas del desierto. La ausencia de escritura en esas tribus trashumantes otorgaba todo el poder a la palabra, pasada de generación en generación sin rastro físicos. Esta circunstancia siempre le había fascinado. Sus conjeturas se basaban en pesadas y crípticas conversaciones que, desde su juventud, cuando visitó por primera vez el desierto, había mantenido con sus habitantes. Al parecer, y desde tiempos inmemoriales, se sabía de un tesoro fabuloso escondido en alguna parte de las infinitas y temblorosas arenas. Años dedicados a la investigación de esas fuentes inciertas y multitud de penosos viajes más allá de los confines aconsejados habían fundamentado esperanzas de descubrir lo prohibido. Pero fue una noche de hacía dos años, a la violenta luz de las estrellas, formando parte de una caravana, cuando, al abrigo de una haima, oyó por fin lo que estaba esperando : un punto cardinal, una abstracción geográfica tan solo, pero que era el primer dato que confirmaba sus sospechas. Después, el alcohol impidió más concreción. NO consiguió nada más. Esa información, sin embargo, fue suficiente para ponerse en marcha. Hasta llegar aquí. A la mitad de la nada. Perdido.
Consiguió, por fin, remontar la duna. Atrás, el todo terreno ya había desaparecido. Y lo vio. Sacudió la cabeza. No, no era un espejismo. Allí, a unos pocos metros, medio enterrada en la arena, se dibujaba una losa. Sacando sus últimas fuerzas, se abalanzó sobre ella. Limpió la arena. Destrozándose los dedos, poco a poco fue abriéndola. Se asomó al interior. No vio nada, sólo oscuridad. Tiró un puñado de arena y escucho. Nada. Por fin, decidió arriesgarse ; agarrándose a la abertura, se descolgó : no tocó fondo. Ya no tenía opción. Se descolgó con furia. Fueron sólo dos segundos de incertidumbre y se hundió en el líquido. ¡Agua ! ¡Era agua ! Arriba, la luz se enmarcaba, inalcanzable, en la pequeña abertura. Y se dio cuenta : el gran tesoro del desierto era... ¡el agua ! Debió haberlo sabido.
Murió, entre desencajadas risotadas, ahogado en el tesoro a cuya búsqueda había dedicado la vida entera.

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