lunes, 11 de enero de 2010

En el fondo del mar

Jamás conocí a nadie que amase más el mar. Lo irónico del caso es que Diego, que así se llamaba ese amigo, estaba profundamente anclado en tierra. Su trabajo como administrativo en una pequeña y siniestra oficina le dejaba muy poco margen para su compulsiva afición, que, a falta de recursos para desarrollarse, se reducía a largos fines de semana de contemplación marinera en el rompeolas. Diego, como todos los obsesivos, vivía solo. Nadie hubiese podido soportar sus infinitos silencios con los tristes ojos extraviados en la insondable superficie marítima. Y así cada vez que salía del trabajo. Así todos los días festivos. A pesar de que le trataba poco (coincidíamos en el mismo restaurante de menús al mediodía) y le conocía menos, su mirada melancólica, su apasionada conversación sobre las desconocidas maravillas ocultas (según él) en el mar y una peculiar calidez que aureolaba su presencia me crearon, con el tiempo, una fuerte corriente de simpatía hacia él, fruto acaso, tampoco lo voy a negar, de una cierta piedad. Porque, en el fondo, yo, como los demás clientes del restaurante que le conocían, también pensaba que estaba un poco loco.
Me sorprendió su ausencia un lunes de primavera. Era hombre de costumbres fijas. Cuando, el martes, tampoco compareció a la hora de comer, la sorpresa se transformó en preocupación. Debía estar enfermo. Uno de sus compañeros de despacho se acercó a mi solitaria mesa y me desveló la realidad : Diego había perecido ahogado. No podía creerlo. Al parecer, había testigos en el rompeolas que aseguraron haberlo visto caer al agua, muy embravecida esos días. No hubo nada que hacer. Fue, según el relato de quienes lo vieron, como si el mar se lo hubiera tragado.
Al día siguiente, a la hora de comer, yo seguía reflexionando sobre lo acaecido. No podía hacerme a la idea. Él, Diego, muerto ahogado. Había algo que me decía que eso era imposible. Uno de sus compañeros me sacó de mis oscuros pensamientos sentándose a mi lado. “Encontramos eso” -me enseñó un paquete- “con una nota en la que pedía que te lo entregásemos”.
Al llegar a casa lo abrí. Era un viejo libro, muy manoseado, que hablaba de viejas leyendas y cuentos tradicionales. Subrayada, leí con incredulidad una antigua historia común a los pueblos del norte de España que narraba, certificados incluso oficialmente, varios casos de marineros convertidos en animales marinos. Lobos de mar que, un buen día, se habían sumergido en el Cantábrico para no regresar, aunque algunos, tras muchos años de olvido, habían sido vistos cerca de sus antiguos lugares y sus antiguas familias.
Han pasado varios años y todavía me obsesiona el destino de Diego. De hecho, a veces creo firmemente que sigue vivo, navegando libre por fin por los anchos mares del mundo.
Siempre que ceno en el puerto, me acerco al agua y echo un vaso de vino. Sé que, en alguna profundidad incierta, él estará brindando conmigo. Y, quien sabe, quizá dentro de unos años...

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