lunes, 11 de enero de 2010

Exterminio

Cuando vio a su padre entrar dificultosamente por la puerta de la casa de espaldas, cargado con un voluminoso paquete, supo que por fin lo había conseguido. Excitado, corrió hacia él en busca de su regalo: el último y más espectacular videojuego para ordenador creado jamás. El Exterminator Total. Curiosamente, nada se sabía de su contenido, que había sido celosamente guardado por su diseñador, una especia de Bill Gates punkie que, en pocos años, había logrado desbancar a todas las empresas del sector. Era un tipo enigmático del que nadie sabía tan sólo ni de donde había salido. Lo cierto es que la presentación del producto había tenido una ampulosa liturgia massmediática. Rodeado de polémica, el gran pope de los juegos electrónicos, que había sido acusado repetidamente de estimular la violencia y el caos entre los jóvenes con sus propuestas lúdicas de carácter anarquista, había sacado el famoso videojuego simultáneamente en todo el planeta. Hacía tan sólo unas horas. Y con las protestas de diversos colectivos sociales, lo que todavía le había conferido más relevancia a la movida. Adorado por los más jóvenes y odiado por los mayores.
Ya en su cuarto, desembaló el juego bajo la preocupada mirada de su padre, que sólo había accedido a su compra --con las protestas de su mujer-- debido a las buenas notas que había sacado el chaval el último curso. Tras una prolija instalación en el ordenador, el chico empezó a jugar. Se trataba de intentar detener una invasión alienígena a la Tierra. Los efectos especiales, los sonidos y las imágenes en tres dimensiones eran extrañamente reales, pensó el padre, que, muy a pesar suyo, se había sentado junto a su hijo fascinado por la extremada violencia de las pantallas. Poco a poco, mientras el crío iba ganando niveles en el juego, con extraterrestres cada vez más sanguinarios y belicosos, empezó a sentir una extraña sensación de terror concreto. DE repente, sintió un dolor punzante en el hombro. En la pantalla, un monstruo armado con un inexplicable fusil láser se le encaró y volvió a disparar. Sintió el impacto en su brazo. Aterrorizado, intentó coger al niño para que parase aquella pesadilla en 3D, pero ya era demasiado tarde: una horda de guerreros imposibles se acercaba rápidamente hacia ellos. “¡Cuidado, me he quedado sin municiones!”, gritó el niño mientras se giraba hacia él.
Fue lo último que oyó.

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