lunes, 11 de enero de 2010

La caida

Tras derrapar violentamente, el coche, descontrolado, se deslizó irremisiblemente hacia el borde del tremendo precipicio. Sintió el horror indescriptible, fantástico, de la fatal atracción del abismo cuando las ruedas de atras perdieron el último apoyo con suelo firme. Y, de repente, el tiempo se detuvo. Sólo su mente siguió precitándose a un vacío irreal. Sintió el sabor salado de la sangre en su boca; la lucha perdida de sus globos oculares contra la implosión. Supo en aquel momento dilatado que su infierno sería una caida eterna, atrozmente hiperreal, hacia la nada sin fin.

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