lunes, 11 de enero de 2010

La máscara de papel maché

Evitó el gran espejo empotrado del pasillo. Era el único que quedaba en el pequeño y deteriorado piso. Había tirado al container de la esquina el del lavabo. Lo había hecho furtivamente, ocultándose en el peligroso anonimato que las Ramblas ofrecen más allá de las cinco de la madrugada. Aunque le costó, logró arrancar también la luna del armario de su cuarto. Estuvo una semana retirando esquirlas del suelo, incluso de la cama. Todavía le dolía el corte que se hizo en la planta del pie. Pero con el del pasillo no hubo forma. La casa era muy vieja, y la propietaria, muy quisquillosa. Antes de cargarse la delgada medianera había optado por neutralizarlo con parte de su colección de posters de conciertos, ya olvidada, como tantas otras cosas, después del accidente. ¿Accidente? De hecho, se decía, eso era lo que inconscientemente había estado buscando. Se habían encontrado sus pesadillas y el atroz destino. Mientras se preparaba un café en el ennegrecido hornillo, recordó una vez más el día, la mañana en que decidió convertirse en leyenda. El café, que sorbió dificultosamente con una caña, le abrasó la garganta. Calor. Fuego. Así empezó todo. Bien, primero tuvo que colarse dentro. Y resultó más fácil de lo que había planeado. Disimulado con un viejo mono, le bastó un seco saludo para traspasar las puertas de entrada. Aún se recordaba caminando indolentemente en medio del lujo y los grandes espejos. Las arañas titilantes. Las moquetas gustosas. Cuando consiguió llegar a las bambalinas, donde se centraba la mayor actividad, supo que el objetivo estaba cumplido. Sorbió más café con la caña. Le resultaba singular, pero a partir de aquel momento sus recuerdos le llegaban virados al rojo. Un rojo intenso. Rojo fuego. Acaso por ello no atinaba a dibujar cómo llegó arriba. Al telón. Era como si sólo pudiese intuir jirones llameantes de un viejo sueño perdido. La memoria sólo se aclaraba con una sensación de dolor profundo, y entonces se veía rodeado de fuego por todas partes, un fuego que él mismo había provocado. Olor a carne quemada. Su carne. Su rostro. Se le derramó el café. ¿Cómo consiguió salir de aquel infierno de opereta? Sólo tenía conciencia de haber ganado la puerta de atrás acribillado por mil pequeñas y lacerantes teas hundiéndose en su cara. Ni vio la calle. Subió como pudo a su casa, y después fue el olvido. Las gasas torpes, las pomadas... Dolor. Un dolor que había recorrido primero su cuerpo y luego algo más profundo. Hasta que llegó la certeza. La determinación. La leyenda.
Cogió la máscara de papel maché, ya seca, y se la colocó sobre el rostro horriblemente mutilado, desfigurado, derretido por las llamas. Agarró la capa, cosida burdamente con unas viejas cortinas, y se la ató a lo que antes había sido un cuello. Fue con decisión hacia el pasillo. Arrancó con brutalidad los viejos posters.
Sí, él sería el fantasma de la ópera. El vengativo fantasma del Liceo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario