lunes, 11 de enero de 2010

La piscina

Miró, a través de la ventana, otra vez hacia la flamante piscina. Todavía le parecía mentira: allí, en su jardín, una piscina llena de agua. Mientras oía con lejano eco las risas y los chapoteos de su mujer y los niños bañándose, se vio otra vez en medio del enfurecido mar nocturno. Le palpitaron las sienes. Había ocurrido cuando tan sólo tenía siete años, pero la pesadilla jamás le había abandonado. Fue durante un crucero en yate, con sus padres. Lo recordaba demasiado bien. Con extraña perfección, como en cámara lenta. La caída, el vértigo, la mole del barco girando por encima de él. El frío terrible del agua. La soledad eterna en mitad del caos de las olas. Afortunadamente alguien le vio caer y, tras unos minutos de eterno terror, fue rescatado milagrosamente. Pero ya nunca había podido borrar de su mente aquella tremenda sensación. Desde entonces, sufría pavor por el agua. Habían pasado 30 años y el mal sueño no había desaparecido. De casi nada habían servido psiquiatras, psicólogos, médicos. Todo había sido en vano. Nunca más se había metido en el agua. En el mar. Ni en una piscina. Pero al final había tenido que ceder a lo inevitable. Ciertamente, no tenía derecho a que su familia se viera privada de la deseada piscina. Había sido una decisión difícil. Dura. Pero lo más curioso del caso es que, una vez decidido a construir la piscina, todo había sido muy fácil. Raramente fácil. Una atractiva publicidad y un teléfono en el buzón. Llamó y, al día siguiente, ya habían empezado los trabajos. Al principio no sintió nada, pero, cuando, por fin, se llenó el hueco de agua, volvió a vivir la opresión. NI tan siquiera había podido acercarse aún a la piscina. Y, sin embargo, allí estaba. Supo que tendría que tomar una decisión o se volvería loco.
Esa noche, cuando ya todos estaban durmiendo, bajó al jardín con una angustiosa determinación. Allí estaba la piscina, extrañamente iluminada. El pato flotador de su hijo pequeño inmóvil en el centro del agua. Con horror contenido, se acercó a su borde. Tenía que hacerlo, se repitió. Lentamente, se despojó de la camiseta que llevaba. Y ya no lo pensó dos veces. Se lanzó furiosamente contra el agua. Sintió de nuevo aquel antiguo frío, aquel mismo amargor en la boca. Con los ojos obstinadamente cerrados y una salvaje sensación de hiperrealidad se impulsó hacia arriba. Volvió a respirar el aire de la noche. Abrió los ojos con temor. Y se encontró de nuevo en medio del embravecido mar, en la oscuridad del océano. Ni tan siquiera pudo agarrar el patito hinchable, violentamente sacudido por las enormes olas, antes de desaparecer en la negrura abisal.

3 comentarios:

  1. Querido amigo,
    difícil sorprenderse con tus escritos salidos del alma y colmados de sabiduría y conocimientos profundos y enorme creatividad.
    Felicidades, estaré siempre pendiente de nuevos artículos y ya puedo garantizarme, con los mismos, momentos de placer y de aprendizaje.

    Un abrazo.

    Juan Robles

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  2. Llamándome la molicie, me descubro en el nihilismo... Así y todo, sigo soñando en una humanidad sensible a lo que Alberoni llamó amor y amistad. Sueño imposible, al parecer, en esta vida que me ha tocado vivir. Pero la iniquidad ciega de unos pocos no va a quebrar mi ánimo. "Más adelante en el camino alguien os va a herir como vosotros me habéis herido..." Y, en todo caso, como decía Verdaguer, "me podréis quitar el cáliz, pero no el arpa".
    Que no te tiemble el cayado cuando entres en la oscuridad de tus sueños.
    Un abrazo

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  3. Es muy habitual considerarse víctima de las circunstancias sin sopesar que muchas medidas se tienen que tomar en contra de nuestro deseo y tendencia amistosas de años de colaboración. Pero las cosas son siempre más sencillas y las decisiones se toman porque nos vemos forzados a hacerlo. En el camino se dejan heridas que uno quisiera no haber causado pero en muchas otras ocasiones se restablece la positiva situación de crecimiento material y estabilidad y nuevamente se vuelve a llamar a los amigos a los que nunca hemos querido perder y así lo esperamos.
    La situación es lamentable y solo ajustando "tuercas" hasta límites no previstos se pretende que el fin justifique los medios.
    Que a ninguno nos tiemble el cayado cuando entremos en la oscuridad de nuestros sueños y que cuando los mismos se bañen, nuevamente, de radiante luz podamos salir de la mano y siempre en beneficio mutuo y perdurable.
    Espero y deseo que la iniquidad ciega de unos pocos no quiebren tu ánimo y precisamente por llamarte “molicie” no se te pueda confundir con blandura al tacto y menos como afición al regalo o al trato de privilegio cuando este es imposible.
    Los brotes verdes del descerebrado que nos los vaticinó los esperamos y trabajamos día a día para que reverberen en nuestro jardín. Y ahí estaremos juntos, como siempre.
    Un abrazo.
    Juan Robles

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