lunes, 11 de enero de 2010

Nada por aquí, nada por allá

Estaba excitado. La actuación del gran mago Willie Black el día siguiente en el palacio de deportes, donde él trabajaba como técnico de producción, le tenía sorbido el seso. Gran aficionado al ilusionismo –incluso había aprendido algunos trucos sencillos en Internet con los que asombraba a sus amigos y novias--, profesaba una morbosa admiración por el ídolo mundial de la magia espectacular. Willie Black. Por la tarde había ensayo general y, aunque estaba completamente prohibida la asistencia del personal, él había maquinado un plan para colarse entre bambalinas y asistir secretamente a la prueba. Todo salió bien, y hacia las siete de la tarde, ya estaba escondido en un lugar seguro detrás del escenario, que, como ya sabía por haber ayudado al montaje, se encontraba lleno de las máquinas para desarrollar los trucos. Allí estaban el toro mecánico que servía para que el gran maestro levitara, el complicado artilugio de cables para su famoso vuelo... La sorpresa fue cuando Willie probó esos dos números, los más famosos de su show. Porque, increíblemente, ninguna de las dos máquinas fue puesta en marcha. No daba crédito a sus ojos. Black levitó y voló, aparentemente, sin utilizar aquellos complicados aparatos. Cuando acabó el ensayo regresó a su casa. Aquella noche no pudo dormir y tuvo extraños sueños. Al día siguiente, armado de la entrada que le correspondía como trabajador y acompañado de un selecto grupo de amigos, se dirigió al palacio de deportes. El lugar estaba hasta los topes. Intentó fijarse, durante la levitación y el vuelo, en la ejecución del truco, pero la perfección de Willie se lo impidió. Le volvieron a asaltar ominosos pensamientos. ¿Cómo podía ser? Hacia las 12, llegó el punto álgido de la actuación, el gran final esperado por todos: la desaparición en mitad del escenario de un numeroso grupo de espectadores. Mientras las ayudantes del mago iban entre el público seleccionando a los afortunados, sintió como se retorcía el nudo que tenía en el estómago. Como entre sueños, fue elegido y llevado de la mano por una de las azafatas hasta el escenario. Junto a otros espectadores, todos sonrientes, fue colocado en el interior de un cubículo elevado, sin aparentes salidas ni trampillas. Ese número no lo había probado la noche anterior. Era la gran sorpresa. Ya dentro, con una tela que los separaba del exterior, empezó a sospechar lo inevitable. Oía las risas de los que le acompañaban como algo lejano y terrible. El maestro pronunció las palabras, se hizo un silencio total en el palacio y entonces el mundo se apagó.

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