lunes, 11 de enero de 2010

Tras las geometrías

Aunque tuvo que dejar sus estudios de arquitectura por prescripción psiquiátrica hacía ya unos años, su pasión por la misma no había dejado de crecer. Bien, pasión, en su caso, era sólo un término eufemístico. Lo suyo iba más allá. Su fiebre mental le había hecho diseñar una extraña teoría que otorgaba a determinadas y, claro, todavía ignotas formas espaciales, la fórmula geométrica mágica de la iluminación total, lo que él consideraba el umbral del conocimiento infinito, la felicidad total. Se trasladó a Wolsfburg por razones obvias. En esta peculiar ciudad adivinó las posibles claves de un encuentro acaso imposible pero arrebatadoramente anhelado en sus más disparatados pensamientos. Allí el oscuro Hitler diseñó, con el arquitecto austriaco Peter Koller, un extraño y hoy todavía sugerente urbanismo, separando la seminal fábrica Volkswagen de la ciudad a través del canal. Singulares, siguen en pie obras otoñales de Aaalto o Scharoun.
Allí, ahora mismo, se erige Autostadt, un espectacular parque temático de la conocida marca automovilística que ha convertido la urbe en mucho más que una ciudad dormitorio para los operarios. Gracias a la audaz arquitectura implementada allí, Wolfsburg es actualmente un brillante catálogo de nuevas formas, extraños perfiles, vertiginosos espacios. Allá, en los límites de las leyes físicas, desafiando la gravedad con insólitos cementos autocompactantes, el museo de la ciencia de Zaha Hadid.
Aquí, y esa era la principal razón de su peregrinación, el Anan, un dislocado edificio en trompe l’oeil geométrico que contiene un noodle bar japonés, un trozo, pensó al verlo, del más contemporáneo fragor urbano que mueve Tokio. Markus Schaefer e Hiromi Hosoya, los arquitectos responsables del proyecto, acababan de ganar por el mismo el Special Award “New Generation” en el Contractworld Awards 2008. Y él ya había soñado, antes de la visita que estaba a punto de comenzar, que el interiorismo del restaurante podía poseer el cálculo final de su desesperada búsqueda por la verdad absoluta a través de volumetrías pretendidamente divinas.
Penetró en el local. Las distorsionadas formas hexagonales en que se dividía el espacio, creando desde el suelo y hasta el techo raros compartimentos habitados ya por mesas, ya por barras, ya por máquinas, hicieron revolver sus canales semicirculares. Sintió vértigo y soñó con las precisas formas requeridas para desembrollar la inquietante paradoja de Banach-Tarski. Pero había más… Esas celdas de inauditas formas, donde se adivinaba un algoritmo subyacente que conseguía minimizar el número de ángulos (¡de hecho sólo pudo ver dos distintos!), transparentes pero cubiertas de formas gráficas creadas por jóvenes diseñadores nipones, lo llevaban a una percepción espacial peculiarmente heterogénea y sugestiva. Las tiras de luz hexagonales parecían juntarse en un infinito cercano, y el conjunto se le antojó tan críptico como las franjas del tigre que escondían el secreto en el cuento de Borges.
Se pidió unos gruesos noodles de trigo. La gastronomía japonesa, minimalista, esencial, casi mística en sus tratamientos y sus cocciones, siempre le había parecido fascinante. Para él, también podía poseer la solución al enigma que le consumía. Sí, había caminado por las diferentes bifurcaciones que la cocina contemporánea ofrecía. Desde los rituales nipones hasta las tecnoemociones de Adrià o Blumenthal. Siempre en pos de un signo, una señal…
Entonces miró su plato. Quedaban unos cuantos noodles caprichosos. Se le aceleró el corazón: en su forma aleatoria, locamente, creyó ver por fin el anagrama terminal…
De repente sintió que el aire se movía. Las partículas que lo rodeaban se magnetizaban. Hubo una vibración en su visual, y la realidad se desajustó como perdiendo la señal. Los hexágonos, los colores y las líneas perdieron registro y convergieron en una imposible escenificación de topologías exóticas y geometrías no euclidianas; los peces sintéticos en 3D de la pecera digital situada en la entrada del bar empezaron a surgir de sus pantallas despidiendo electrones en cámara lenta; los gráficos y las imágenes se confundieron en una volumetría imposible…
Se hizo el silencio de nuevo. Volvió a mirar el plato de noodles que tenía delante. En su fondo, ningún símbolo, sólo algunos fideos desordenados.
Y sintió la paz. Salió del Anan al claro y frío día y respiró por primera vez en libertad. Cogió su viejo “beatle”, engranó la primera marcha y aceleró en dirección desconocida.
Supo entonces que la felicidad no se esconde en sombríos arcanos, sino en la belleza sencilla de las cosas. En una sonrisa fugaz, en un rayo de luz sobre el cemento, en una elegante forma alabeada, en un osado voladizo…

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