lunes, 11 de enero de 2010

Un vuelo de pega

Tantos, tantos años volando sin ir a ningún sitio. El viejo encargado del avión del Tibidabo, viendo como los niños pasaban de largo su atracción para vivir aventuras más vertiginosas en máquinas más modernas y excitantes, pensaba en los viejos tiempos, cuando aquel avión, su avión, era la sensación del parque. Para muchos, en otras épocas, el breve recorrido circular del aeroplano de pega había sido la primera experiencia aeronáutica. Ahora, en una época de aviones supersónicos y realidades virtuales, el añejo artefacto volador era tan sólo una antigualla que ya no emocionaba a nadie. Pero, para él, constituía toda su vida. Un mundo volante que le había mostrada el panorama cambiante de la ciudad a través de los años. Un universo de recuerdos. Un espacio angosto pero lleno de ilusión, felicidad y locos sueños de países y paisajes ignotos y exóticos. Porque, irónicamente, jamás había subido a un avión de verdad. Cierto que sus hijos habían insistido muchas veces, años atrás, en llevarle con ellos de viaje ; pero él prefería las vueltas a su mundo de fantasía, un mundo que vivía en el interior de la cabina, dentro de su cabeza, mientras resonaban a su alrededor los grititos excitados de los niños.
El parque de atracciones, aquella tarde previa al día de Navidad, estaba repleto de risas y colores que desafiaban al frío. Pero, a pesar de las multitudes que llenaban el Tibidabo, él seguía, solitario, junto a su adorado avión. Sólo, de vez en cuando, se acercaban algunos curiosos. En todo lo que llevaba de tarde había realizado tres viajes. Y con el aeroplano medio vacío. Además, no soportaba ver la cara de decepción y, en algunos casos, hastío que mostraban los clientes al abandonar la atracción. ¿Qué se esperaban ? Seguramente, algo más parecido a una nave espacial.
Poco a poco, con la caída de la tarde y la llegada de la oscuridad, el flujo de personas empezó a disminuir. Era Nochebuena, y la mayoría se apresurarían hacia cálidas cenas en familia. Recordó, entonces, su soledad. Sus hijos estaban de viaje, y su horizonte para aquella noche no iba más allá de una vulgar cena y un empacho de especiales de televisión. Sin darse cuenta, llegó la hora de cerrar. Miró a su alrededor y ya no vio a nadie. Siempre era el último. Lentamente, cumpliendo un ritual que le había acompañado a lo largo de los años, montó en el avión para comprobar los desperfectos del día y dar una última vuelta sin testigos.
Al día siguiente, Navidad, ninguno de los responsables del parque pudo explicarlo. SE habló de robo, acaso un romántico coleccionista; de una efectista campaña de publicidad; hasta de ovnis.
Increíblemente, el avión había desaparecido

1 comentario:

  1. Con el apego del viejo a su avión y eludiendo, que no ignorando, los avatares que con todo nuestro potencial no controlamos, así estoy yo.
    Cuando se publicó el album "Crisis, what crisis?" no entendí como ahora lo que podía inferirse de un título tan aparentemente simple. Sí, ya sé, eso de "al mal tiempo buena cara" es bastante almibarado, pero nosotros seguimos decidiendo quien coge nuestro avión, aún a sabiendas que sólo unos pocos tienen la sensiblidad para verlo, subirse a él y disfrutar del viaje.
    Felicidades por tu blog, por tus cuentos y por tus "abriles".

    Aura

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