domingo, 28 de marzo de 2010

Iglesia católica: una pesadilla de 2000 años

Me relamo los labios, e incluso me cae una babilla (no; no es el gin tonic, que lo he dejado) al ver a esos curas hijos de puta –atención: dispongo de todo un arsenal de adjetivos más cultos para determinar a esta caterva, pero éste es el que, a pesar de su ordinariez, me parece el más ajustado- mordiendo el polvo que nunca debió de dejar de ser su alimento. Paidófilos sin piedad, censores desalmados, asesinos en serie (el primero, el llamado papa, que con su prohibición del condón ha provocado una masacre entre los pobres cristianos ignorantes del Tercer Mundo que ni hubieran soñado Bundy, Gein o Manson), manipuladores compulsivos, mentirosos sin remisión, crueles, anacrónicos con vileza…
¿Habéis visto sus caretos en la tele últimamente? A mí me asusta especialmente la catadura perversa y el ceño de mala leche permanente de este individuo con nombre de actor porno –Rouco Varela-, y me acongoja ver como los fieles se lo tragan todo sin pestañear. Incomprensible y desolador su discurso recurrente: “nosotros creemos en la divinidad, no en la iglesia regida por hombres”, dicen ufanos, y sin embargo olvidan que en esa religión suya esos hombres son “infalibles” y la propia esencia del dios en la tierra. Yo les aconsejaría, ya que están dispuestos a creer en todo tipo de patrañas trinitarias, falacias virginales o cretinismos milagreros, que se apuntasen al Islam, credo que, con la misma sarta de fantasías imposibles como base, no impone al menos la obligación de obedecer a “hombres”, dejando al propio individuo en libertad de interpretar al dios.
La cosa no ha hecho más que empezar. Italia, Alemania, Irlanda, USA… El mismo Vaticano. ¿Para cuándo España? Yo, recordando el fétido aliento del sacerdote de mi cole, que me hacía confesar mis pajas hasta el día en que decidí darle un muerdo a la hostia a ver qué pasaba (y no pasó nada), empiezo a intuir el final de una pesadilla que ya viene durando 2000 años, y bajo cuyos colores unos tipejos repugnantes se han dedicado a saciar sus sucios apetitos mientras jodían sin miramientos a todos los demás.
Ha llegado el momento de desenmascararlos a todos. De señalarlos con el dedo sin temor. De echarlos al mar.
Mientras, todavía nos quedará la liebre a la royal de El Bulli o el fricandó de Josep Maria Freixa.